Actualidad: Análisis de SituaciónLa CICIG fue la tormenta perfectaEn la aprobación de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) concurrieron hechos extraordinarios e irrepetibles. Por: Redacción
La CICIG se hizo tormenta política con el voto contrario del diputado César Fajardo en la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso. Una tormenta que los medios escritos volvieron decididamente más intensa pues, en el marco de la contienda electoral, como escrutinio anticipado, fueron poniendo contra las cuerdas uno a uno a los candidatos presidenciales y diputados.
La tormenta se hizo perfecta de una manera insólita. En los seis diputados integrantes de la Unión del Cambio Nacionalista (UCN) que asistieron al pleno esa mañana del miércoles 1 de agosto, quedó la decisión. Tras titubeos, llamadas telefónicas y discusiones entre dos de ellos en los pasillos, hicieron la mayoría calificada. Así se escribió esa historia y, el día después, arrancaron los cabildeos en Nueva York para que la CICIG tenga cara y agenda. Hasta alcanzar 110 votos Antes de la sesión plenaria se respiraba un acuerdo tácito entre los bloques parlamentarios. El acuerdo de la CICIG sería enviado a otra comisión, que aún estaba por decidirse. Existían votos suficientes para rechazar el dictamen de la Comisión de Relaciones Exteriores, pero no alcanzaban los 105 necesarios para aprobarlo de urgencia nacional. Cada candidato presidencial se comprometió a lo suyo, nada más. Álvaro Colom pastoreó hasta el final y nadie se le salió esta vez del redil. Otto Pérez cumplió su parte y expulsó del Partido Patriota al representante Julio Lowenthal, quien creyó haber caído en un conflicto de interés, pues su hijo es prófugo tras la quiebra del Banco de Comercio. En la oficialista Gran Alianza Nacional (Gana), Alejandro Giammattei tomó las riendas y a regañadientes todos los diputados fueron obedientes a la línea del partido, incluyendo a Jorge Méndez Herbruger, quien votó contra su convicción y así lo manifestó con rabia en corrillos. En el Partido de Avanzada Nacional (PAN), Rubén Darío Morales, se encargó de agregar votos, aconsejado por el candidato Óscar Rodolfo Castañeda, quien tiene antenas muy abiertas en Washington. Al operar cada partido como un pelotón con línea de mando el viejo cuadro de buenos y malos en el Congreso, se desarregló. Con los bloques minoritarios y ciertos diputados independientes –en cuenta el sindicado Manuel Castillo–, se alcanzó una cifra máxima de 104 votos. En la puerta se quedaron los seis (de los 11) diputados de la UCN que asistieron. Leonel Soto –cuyo hijo había muerto violentamente unos días antes en Quetzaltenango– se decantó por la CICIG y en el pasillo, tras llamadas de celular, convenció a Baudilio Hichos. Con esos seis votos pasó sobradamente el acuerdo. El día después El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, reaccionó de inmediato con una nota de congratulaciones. Nueva York, Washington y Bruselas, las capitales políticas que globalizan el mundo, estaban a la espera de la aprobación del acuerdo de la CICIG como señal de que Guatemala quería reaccionar a la ingobernabilidad del crimen transnacional. Al mismo tiempo, los verdaderos retos empezaron a anidar. Representantes de los grupos ultra conservadores, ex militares y civiles, opuestos a la CICIG, se han venido reuniendo para analizar el nuevo escenario. Algunos, los más radicales, hablan de desafiar abiertamente la iniciativa. Incluso uno de ellos se animó a invocar en una estación de radio, la tarde del miércoles, un golpe de Estado. En ciertos ambientes diplomáticos hay preocupación. “El culebrón se puede venir encima”, comentaron. En general la mayoría de los opositores llaman a la calma y a emprender acciones de boicot pasivo. Además, creen que legalmente la CICIG no está enteramente blindada. Enfatizan que la Corte de Constitucionalidad dio una opinión, no un dictamen, por lo que factiblemente se puede interponer recursos en cada caso particular que la Comisión quiera enderezar en los tribunales. La operación de la CICIG será, por todo ello, delicada. El primer asunto es la selección de su director. El vicepresidente Eduardo Stein, su equipo de asesores y activistas humanitarios, están febrilmente en el tema. Varios de ellos preparan viaje a Nueva York porque quieren cabildear. Llevarán perfiles y nombres de probables integrantes. Se han puesto sobre la mesa al menos tres nombres, uno de ellos el de un jurista chileno que trabaja para la ONU en Afganistán, quien estaba en el país el día de la aprobación de la CICIG. Los nombres no han salido al azar. Cada uno resume una trayectoria en investigaciones y procesos judiciales, pero también la confianza de los operadores locales. Y es que el nombramiento que firmará Ki-moon no es unilateral, se hará en consulta con el Gobierno. La agenda prioritaria, por lo demás, ya ha sido lanzada públicamente por Stein: quieren que la CICIG desmantele las estructuras clandestinas que anidan en la Policía, migración y las cárceles. Tras eliminar delitos del pasado –que sí incluía la CICIACS–, esta es una ruta plausible para no hablar de casos abiertos, los cuales eventualmente podrían alarmar a gente poderosa del statu quo. Las ONG, por su parte, que habían recibido financiamiento para la materia, ya tienen preparados convenios de cooperación para ponerse a trabajar con la Comisión. ¿Qué será, si tiene éxito, a fin de cuentas la CICIG? El modelo de lo que debe ser un Ministerio Público. Quizá, porque el mensaje que queda sobreentendido es que el fiscal general, Juan Luis Florido, después de tres años y medio, estaría pensando hacer sus maletas. Aunque tiene amistad con los candidatos a la Presidencia, uno de ellos, Colom, dijo en privado que el fiscal renunciaría el próximo 31 de diciembre. Como fuese, el sistema de justicia tiene un nuevo huésped y nadie podrá ser indiferente a él.. Agregar comentario: |
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