El paladar espiritual suele estragarse como el paladar físico.
Amable Sánchez Torres
El lunes pasado, elPeriódico publicó el siguiente titular: “Las mujeres más ricas de la farándula”.
Junto a él se incluían las fotos de ocho despampanantes divas –¿se dice así?- que, en cuanto tales, se supone que tienen mucho más que rouge y cabellera. Cada poco tiempo se nos torpedea también con datos sobre los hombres más ricos del mundo. En torno a estos –como si se tratara de una galaxia- giran otros datos sobre el hombre más alto, el más fuerte, el más longevo, el que se ha comido más salchichas de una sentada, o sobre la cantante que ha vendido más discos, la mujer mejor vestida, la que se ha casado y divorciado más veces. Si uno se fija bien, siempre se trata de aplaudir la cantidad –esta precisamente- y, en algún sentido, de proponerla como ejemplo, meta o parámetro, para que todos abramos la boca y concluyamos que el mundo va por buen camino.
“¡Qué iracundia de yel (sic) y sinsentido!”, escribió Juan Ramón Jiménez, en uno de sus más bellos poemas sobre la poesía pura. Sí: ¡cuánta ira, cuánta amargura y cuánto sinsentido! Y no por ellos –que, mientras no roben ni maten, a quien Dios se la dio San Pedro se la bendiga, y cada uno puede hacer de su capa un sayo-, sino porque no hay ningún derecho para querer apantallarnos con un desfile de modelos tan baladí y tan superficial.
¿Por qué no hacer un concurso con los hombres más virtuosos, aquellos cuyo código de conducta son las bienaventuranzas evangélicas? ¿Qué se pretende con todo este despliegue de carruseles, vitrinas y vitrales? ¿Es que no hay otros héroes? ¿Por qué molestarnos y sentirnos incómodos cuando muchos que no tienen dónde caerse muertos, y tampoco han recibido la energía espiritual para soportarlo, se reconcomen de envidia, o se rebelan, o se toman la revancha con cuanto medio tienen a su alcance? ¿Desde qué base moral los condenamos? ¿Acaso el mundo es solo de unos pocos?
El problema en el caso de los hombres virtuosos es que la virtud no es exhibicionista. Si lo fuera, ya no sería virtud. La virtud debe exhalarse como la flor exhala su aroma, sin ruido ni alharaca, y sin pedir nada a cambio. Está claro, por otra parte, que no siempre la flor más grande es la que tiene el perfume más fino. Pero si el perfume es, en algún sentido, sinónimo de esencia, deberíamos apuntar siempre a lo esencial, admirarlo y trabajar por conseguirlo. ¿Dónde ha quedado nuestra capacidad de discernimiento?
El paladar espiritual suele estragarse como el paladar físico. Una vez estragado, ya no atina a paladear ni a distinguir. Lo mismo le da un exquisito manjar que una despreciable bazofia. Con el oído pasa igual. Cuando dejamos de diferenciar el ruido de las nueces, estamos perdidos. Y hay grandes fuerzas empeñadas en que no lo diferenciemos. ¡Pobres!
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Ataques personales, insultos, acusaciones o faltas de respeto
Mensajes incoherentes, sin objeto alguno o comerciales
Mensajes con spam, lenguaje sms o escrito todo en mayúsculas
Mensajes con contenido racista, sexista, o cualquiera que discrimine
Mensajes de contenido pornográfico
Piratería, o mensajes que permitan el uso ilícito de material con derechos de autor
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
1 comentarios:
Isckra Ibarra: (2007-08-08 04:28:49 horas)
Tal pareciera que vivimos en dos mundos paralelos, opuestos, pero -a la misma vez- convergentes.
Esto es, en las economías de consumo, se nos bombardea con estos "ejemplos" de grandeza y se nos siembra la semilla de la codicia, de la imitación, de la filosofía "yo también puedo". Es decir, constantemente se le invita a cualquier mortal a convencerse que ser admirado o a conseguir las mismas metas de estos ídolos también está a nuestro alcance.
Por la contrapartida, también estan las civilizaciones enfocadas en un ideal eminentemente religioso, donde se aprecian más otros valores espirituales como -por ejemplo- la humildad, la sencillez, el abstencionismo y la renuncia rotunda a todo lo vanal y materialista, guardando la plena convicción que estamos en este mundo "tan solo de paso" y que, la verdadera vida estará esperando cuando emerjamos y abandonemos la presente después de la muerte del cuerpo y la "trascendencia del espíritu".
Las naciones que alimentan el comercialismo extremo y los ideales de vanidad, codicia, envidia, competitividad resulta que son las que tienen a sus poblaciones trabajando como desenfrenados y con las tarjetas de crédito a niveles impagables en 3 generaciones.
Por el contrario, las naciones que aprecian los valores "del alma" y se enriquecen alimentando tan solo el espíritu terminan siendo las sociedades que -aparentemente- pertenecen al tercermundismo.
El ser humano está lleno de contradicciones y -precisamente- darle más valor a la carne o al espíritu es tan solo una más de todas ellas...
1 comentarios: