Darío Escobar es un artista de muchas facetas, y varias de ellas se perciben en la exposición que recién se inauguró en las galerías del Centro Cultural Metropolitano:
Serpentarios, piezas escultóricas y dibujos en gran formato; obras individuales así como otras múltiples; grafito, tinta y aceite quemado. Caligrafías de rasgos y estilos diversos que se integran de manera magnética hasta conformar un recorrido gratificante al intelecto, visualmente bello y muy conmovedor.
El itinerario da inicio con tres serpentarios: una interminable columna de serpientes entrelazadas; otra pieza de mayor amplitud que parece formar un pendón y, la última, de varios apéndices que se adhieren a la pared insinuándose y retorciéndose sobre su superficie.
A continuación, otra columna, monumental en dimensiones y gesto, de finas asas de madera, la cual baja describiendo un sólido bloque etéreo y compacto a la vez, que rompe la monotonía del pequeño espacio. Al avanzar en el trayecto, varias tablas de patineta se elevan sobre el piso. Fracturadas de distinta manera y vueltas a unir con bisagras, describen formas casi vivas, que no es fácil identificar.
En la galería más espaciosa, se pasa al lado de una suculenta serpiente formada de balones de fútbol desinflados cuyos acentos verdes dibujan las plumas de Quetzalcóatl, de fuerte arraigo en la historia guatemalteca; hasta llegar a un breve bosque de estilizados árboles, formados por delgadas varillas de metal de donde cuelgan pinzas de madera que semejan hojas y parecen esperar una brisa cualquiera para cobrar vida.
La obra en dibujo comienza con una pieza múltiple de inquietantes marcas dejadas en el papel por un cigarrillo encendido. Luego, un trabajo a lápiz cuyos trazos, maravillosamente tiernos al inicio, van en tonos ascendentes. Las marcas flotan en la superficie del papel como la personificación de pensamientos intangibles que pasan a ser intensos y turbulentos.
En un espacio aparte, se continúa con el dibujo accidental, aquel cuyo rastro lo deja el aceite y la tinta. Los tonos sombríos de las melancólicas manchas evocan el abandono y los efectos causados por la era moderna.
Sobre el piso, descansan tres espejos negros de superficies perfectamente bruñidas por donde desfilan reflejos de emociones y vacíos.
Por último, un espléndido dibujo a lápiz que no hace sino repetir y enfatizar muy suavemente el patrón provocado por los quiebres del papel. Las zigzagueantes marcas se extienden como las líneas de la palma de una mano.
Venga al Centro Histórico a disfrutar de un recorrido diseñado con esmero en el que la más contemporánea de las obras consigue seducir y conquistar la magnífica arquitectura de un edificio patrimonial.
Las intensas emociones que provoca cada pieza a través de la claridad y lucidez de su concepto, cuidadosa factura y hermosura visual hacen de esta muestra un espectáculo que no se puede perder.
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