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Opinión:

Con la muerte al lado

Cadena de oro y Rolex en la muñeca izquierda.

Por: Méndez Vides

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La imaginación nos ha mostrado a la muerte como un esqueleto envuelto en una túnica fúnebre, de guadaña y barca para cruzar el río, o como una sombra fría que de repente ocupa tu vecindad, o como la engañosa mujer rubia, alborotada, perfumada y alcohólica, que al voltearse tiene dientes de caballo y la cara engusanada.  Pero en la realidad puede tener pantalón vaquero, escuadra al cincho, cadenas de oro y, junto al Rolex en la muñeca izquierda, una gruesa esclava tan pesada como las cajas de seguridad de los bancos.   La sentí a mi lado esta semana al acudir al rito de la peluquería, esa rutina que me cuesta un mundo y que entraña cada vez más peligros, pero que asumo como una obligación para pasar inadvertido. Siempre explico a quien me atiende que quiero un recorte tradicional, porque no acudo al mismo sitio ni espero que quien me ampute el cabello sea la misma persona. Pero esta vez, cuando ya estaba en medio del oficio ingrato, cuando me arrebataban las puntas negras y se revelaban las raíces blancas, fue a sentarse a mi lado, en la silla vecina, un tipo corpulento, macizo, alto, con una pistola negra como la muerte en cartuchera, con camisa a cuadros  de película vieja de Antonio Aguilar, pero con el arma de lujo y futurista, al estilo de las que exhibe en sus batallas interespaciales Jean-Claude Van Damme. Era tan grueso de caderas y el arma tan generosa, que no cupo fácilmente en la silla para gordos.  Al otro lado estaba el patito para los enanos, y una madre con cara de susto que quería salir corriendo con su niño trasquilado.  Me fijé, tras el vidrio, en el auto agrícola de vidrios polarizados, y el movimiento de secuaces o guardaespaldas, de esos mismos que acompañan a jovencitas felices, de pelo pintado de rubio, entre un show de ostentación, cuando entran a los centros comerciales a comprar en abundancia, pagando con puro efectivo que salta en rollos de sus carteras.   Me sentí incómodo.   Por el espejo estuve observando las maniobras del tipo hasta que encontró acomodo.   En cualquier momento podría entrar alguien a querer vengarse, a cobrar un mal negocio, o las fuerzas de seguridad, que quizá están vivas, y yo expuesto a servir de coladera.

La doña de la peluquería, una mujer entrada en años que se mantiene detrás de la caja registradora luciendo la trompa kilométrica, cobrando y repartiendo las fichas de trabajo terminado a los empleados, abandonó su reino para conversar con el ilustre cliente.  Me impresionó la zalamería, el trato de tú, la devoción.

Era como cuando por aquí se aparece una figura conocida de sangre real, proveniente de un país supuestamente civilizado, a quien los niños de la calle saludan con reverencias a cambio de sopa caliente. Yo le pedí al peluquero que se diera prisa.  Ya no pude leer y estuve inquieto hasta que me sentí muy lejos.   Ahora la muerte anda libre y por todos lados, envuelta en oro y con imagen de corrido de narcos.
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7 comentarios:

  1. Isckra Ibarra:
    No es únicamente en la peluquería que se suscitan estas condiciones molestas. Las situaciones incómodas, son como aquellas extrañas hormonas que nos invaden o paralizan el cuerpo y sentimos -sin así razonarlo- ¡¡una necesidad imponente de salir huyendo!! Tal como nuestros antepasados corrían en búsqueda de refugio para alejarse de cualquier depredador con la testosterona a tope deseando engullir cualquier pobre víctima en un eslabón inferior de la cadena alimenticia.

    Tal es el caso, que la muerte que menciona el autor, no sólo acecha en una peluquería. También es menester revisar una serie de indicadores o alarmas que nos hacen sentir ese vibración, ese sentimiento primario de conservación, como lo es salir corriendo de un restaurante cuando estamos degustando un sabroso asado y entran "los tipos con todos estos signos de ostentación", como que fuera una película de El Padrino y que todos conocemos...

    Asimismo, al conducir por las carreteras llenas de inseguridad, resguardarse de no ir tras un camión que irresponsablemente no se le ve la carga bien asegurada, alejarse en las calles de "hombres sospechosos", evitar las aceras obscuras y los pasillos a deshoras, cuidar que nuestros hijos en los colegios, no sean "amiguitos" de los hijos de estos "cowboys al estilo del viejo oeste", VERIFICAR CONSTANTEMENTE LOS MOVIMIENTOS ECONOMICOS DE BANCOS Y FINANCIERAS que quizá lavan dinero de políticos/emprenarcos.

    Existen muchos signos "detonantes" igualmente, como esta peluquería que menciona, la actitud servil, hipócrita y hasta confusa de una persona amarga, que luego demuestra que "sonríe según el bolsillo que le toque"; demuestra esa actitud servilista ante la violencia. ¿Quién quita que sea este Don Gordo con Rolex, quien lava su dinero poniéndole un negocio a su amada? Es que, hay negocios, que nadie se explica ni por qué existen?

    Para reírse un poco, no le parece que ahora hay que cuidarse de hasta quien le lava el cabello? Je, je, je...:-)
  2. Jose González:
    Entiendo y comparto su incomodidad. Lo mas triste es que no necesariamente era un narco. Podría haber sido diputado, ya que por lo visto ambas ocupaciones no se contradicen.
  3. Estuardo Velasquez:
    Welcome to Hell!!!!!!!!!!! Se los vengo diciendo hay que sacar a todo colombiche i con esos de los corridos eston son El Diablo mismo fisicamente ya esta en la Tierra!!!!MuHAHA MuHAHA!!!



    Doctor.Evil!!!!!!!!!!!!!!
  4. alfonso villacorta:
    Este articulo tuvo que titularse "La pelona en la peluqueria" o "La pelona visita a los peludos", aunque creo que no tiene que ser demasiado cargado el personaje principal para dar esas sensaciones.

    En Guatemala, en todas las epocas, hemos tenido especimenes de miedo. Me recuerdo de los orejas que en tiempo de lucas patrullaban la ciudad en jeeps toyota y podian detener y conducir a cualquiera, ya sea porque les caia mal, les parecia sospechoso o les gustaban, como el caso de jovenes que resultaron violadas.

    El miedo con la gente armada y con guardaespaldas es que uno siente que en cualquier momento se arma una balacera y uno enmedio.
  5. Manuel Aler:
    Pero el colomo de lo increíble, y que solo en Macondo o en "guatemalita" es posible, es que la muerte enpistolada, encarnada en este tipo de personajes ("que tienen el sagrado derecho a defenderse"), tienen su defensor de oficio, todos los miércoles, en las páginas de este mismo diario.
  6. Sergio Agnes:
    Este artículo bien se pudo titular los pistoleros del medio oeste o los vaqueros de guatelinda, que en esos momentos la transforman en guatefea. La verdad que la ley de armas, establece que ningún ciudadano civil debe cargar de forma visible un arma, pero recordemos que vivimos en un país, donde los prepotentes abunda y donde los dioses a aquellos que se consideran con derecho a decidir quien vive o muere, son pan de cada día, bueno y la policía, pues seguramente lejos de hacer valer la ley los saludaran muy emocionadamente, como aquellos sherif del viejo oeste, viejos y regordete que apenas si podían con su humanidad trasquilada por las mordidas.
  7. Ibrahim Ayad:
    De esos matones hay 1,896 en el Congreso ya que cada diputado tiene 10 asesores y 10 guaruras. Estoy seguro que el obeso ese no es de ninguna de las familias ricas del país ya que nosotros no nos arriesgamos a que nos pase lo de Al Capone y ademas nos cortan el cabello, a domicilio, unas bellas rusas que hay en un SPA de la zona 14

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