laColumna: El bobo de la caja
Tenemos, entonces, que en Guatemala los partidos políticos no cumplen su función más importante, que es la de servir de intermediarios entre la ciudadanía y los cargos de elección popular. Por el contrario, apenas si pasan de ser meros trampolines para lanzar caudillos cuya candidatura responde no tanto al clamor de los afiliados sino a los intereses de los cuadros directivos (y de sus financistas, visibles o no).
Los demás hemos de conformarnos con las opciones resultantes de esta preselección efectuada a partir de procedimientos que podrán ser cualquier cosa menos democráticos: un abultadísimo elenco de figuritas y rostros que ni siquiera reflejan posturas ideológicas y programáticas claramente diferenciadas. Por el contrario, lo que de esta farsa llega a nosotros es una oferta ecualizada por el discurso populista y la promesa vacía; cualquier cosa con tal quedar bien con todos sin ofender a nadie. Es la lógica del mercadeo: los candidatos son productos de consumo masivo, y por lo tanto se ofrecen al público como si fueran sopas instantáneas o bolígrafos. ¿Caca de vaca o caca de caballo? ¿Coca-cola o Pepsi? He ahí la índole de nuestra disyuntiva: elegir según el color del logotipo, la imagen de campaña, lo vistoso del envase, lo persuasivo del eslogan, el vestido de seda que cubre a las monas que monas se quedan. Y la gente, contra todo pronóstico, puede que sea ignorante pero no estúpida. Pocos, a estas alturas, creen aún en este simulacro hiperventilado por los medios de comunicación a través de noticias, entrevistas, pronósticos, encuestas y (por supuesto) millonarias pautas publicitarias: entre cuatro y cinco de cada diez guatemaltecos empadronados (que ni siquiera son todos aquellos en edad de votar) no acudirán a las urnas, si se mantiene la tendencia del 2003. Agregar comentario: |
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