Opinión:El alma de la tierraPasajeros somos, nosotros y nuestras historias turbulentas. Por: Carol Zardetto
Veníamos hablando desde este espacio de la historia de una finca, metida entre selva y montaña, otorgada en aras de la más pura demagogia a un grupo de campesinos. Muchos nacieron en esta nueva tierra, muchos quedaron también enterrados allí, en un cementerio improvisado. Regalo de otro político inescrupuloso fue un deplorable “salón de usos múltiples”, solicitado por la comunidad en medio de una calentura electoral. Destacaba la fealdad de sus láminas corroídas en medio de los ranchos de bajareque que poco podían contra las lluvias constantes.
Los tiempos cambian y nadie lo sabe mejor que la tierra. Con la firma de los Acuerdos de Paz el país se abrió a nuevas cosas, entre ellas los movimientos ambientalistas. Uno de dichos grupos inició su trabajo en la Sierra de las Minas. Al evaluar el impacto de esta comunidad sobre el núcleo mismo del bosque nuboso, decidieron buscar fondos para proveerlos de mejores tierras y trasladarlos lejos de aquellos parajes. La oportunidad se dio y con grandes penas y trabajos, como un ejército de hormigas, fueron bajando los pobladores con todas sus pertenencias. Cuentan que muchos camiones fueron necesarios para transportar los animales, las tablas de construcción, los escasos muebles, trastos, ropa, en fin, lo acumulado en aquellos años de vida. Los que partían dejaban solo a sus muertos atrás. O al menos eso se pensó. Resulta que un par de días después de que hubo partido el contingente de camiones hacia tierras de la costa, sonó la voz de alarma. La montaña ardía. Los últimos en salir quisieron dejar una huella del resentimiento que los embargaba ante tanto juego con su destino: incendiaron el poco bosque que quedaba. El fuego se propagó con gran velocidad. Varios grupos de hombres se organizaron para combatirlo. La orden que recibieron fue abrir zanjas para poner brecha a las llamas. Sin embargo, había penetrado la tierra. Las bocanadas de infierno salían de los hoyos que abrían los hombres, como un incendio intestino. Ante este desafío, se sentían impotentes. No hubo poder humano que pudiera con el incendio que asoló la tierra por días y días. Al fin llegó la lluvia, recia y sanadora, terminando de tajo y sin remilgos con un siglo de penuria. La tierra ahora reposa en estado de conservación. Despacio, sus habitantes empiezan a repoblarla: dantas, quetzales, monos y culebras se van aposentando cada día más confiados. Hasta el jaguar arisco ha regresado, dejando sus huellas silenciosas en los rastros de camino que poco a poco cierran los quiebracajetes. La historia que les cuento me ha enseñado una profunda lección: nunca podremos poseer la tierra, por más títulos de propiedad que digan lo contrario. Somos pasajeros, nosotros y nuestras turbulentas historias. Ella seguirá allí, inmutable, cuando la civilización humana se haya perdido en el olvido. Agregar comentario: |
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