Opinión:
Abogo por un Gobierno de Unidad Nacional y lo hago porque el Estado de Guatemala sufre de un deterioro tal que solo un Gobierno fuerte podría ser capaz de rescatarlo.
Tal es mi única posición política, lo que me aleja de la política partidista y me hace nadar en contra de la corriente puesto que lo propio, lo in, es la descalificación de los líderes políticos y con ellos, la del propio Estado. Ya me permití señalar en el artículo anterior que Álvaro Colom es un líder por los cuatro costados y que solo un gran líder hubiese podido ser capaz – después de perder las elecciones de 1999 y de quedarse solo, sin partido político que lo respaldase– de emprender la aventura de organizar un partido político nuevo y lograr con este partido –el nuevo– la Unidad Nacional de la Esperanza colocarse como segunda fuerza política en las elecciones de 2003, habiendo obtenido más de un millón de votos en la segunda vuelta electoral y de encabezar las preferencias del electorado –acercándose ya al triunfo– en esta contienda. Si esto no es un líder, me gustaría que se me explicase qué lo es. En el caso de Otto Pérez Molina cabe decir otro tanto. Organizó por sí mismo –militar ya retirado– el Partido Patriota y en las elecciones pasadas formó parte de la coalición de tres partidos nuevos que sirvieron de vehículo electoral a la campaña del actual presidente, Óscar Berger. Formó parte inicialmente de este Gobierno y tuvo la entereza de dejarlo cuando creyó que no respondía a su propia visión de Estado, acto poco menos que insólito. Que si abandonar voluntariamente una alta posición oficial con sus privilegios y canonjías –el poder mismo– para emprender una lucha opositora y hacer de esta la segunda fuerza electoral, no es propio de un líder, me gustaría saber qué lo es. Álvaro Colom y Otto Pérez Molina no se encuentran al frente de las encuestas porque sí, ni se encuentran en esas posiciones porque se les considere los menos malos sino –simple y llanamente– porque se les considera los mejores. Tal la sanción de un pueblo que se va plasmando en las encuestas y que habrá de plasmarse, finalmente, en el resultado electoral. Descalificar a los punteros por punteros me parece patético y fiel reflejo de la mediocridad en que vivimos. Una campaña político electoral no es de soplar y hacer botellas. Un buen candidato no es aquel que simplemente se conforma con esperar a que los hados decidan su destino, sino quién lo forja. Un candidato que es un buen candidato logra conseguir los recursos económicos necesarios para hacer una campaña ganadora y un candidato que no puede obtenerlos no es ni más ni menos que un mal candidato. Si un candidato no es capaz de obtener los recursos que se necesitan, la candidatura no está funcionando. Tan claro como eso. Los mejores candidatos, los que han sido capaces de obtener los recursos necesarios para hacer campañas ganadoras y hacerse de la intención de voto, son Álvaro Colom y Pérez Molina. Ambos pueden sentirse orgullosos por haberlo logrado y son merecedores de respeto. Pretender que los últimos sean los probos por ser los últimos y por ser los últimos, los mejores, es algo digno de la imaginación de Lewis Carroll y bien podría encuadrarse dentro de la dinámica misma del absurdo. Álvaro Colom será el próximo presidente de la República y Otto Pérez Molina el Jefe de la oposición mayoritaria –o a la inversa– y uno y otro serán determinantes en el futuro de Guatemala, algo que –la verdad de las cosas– se han ganado a pulso. Por lo demás, para combatir el narcotráfico, el crimen organizado y también “el desorganizado” ¿habrá un crimen desorganizado? Para restablecer entre nosotros el orden y el respeto por la vida. Para rescatar al Estado de la situación fallida que lo acecha, se necesita fortalecer la institucionalidad y no destruirla. Se necesita de un Presidente fuerte y no de uno que llegue al poder debilitado. Se necesita de un Jefe de oposición con similares caracteres… El narcotráfico y el crimen se regocijan con que las instituciones y los líderes se debiliten y hacen cuanto pueden por lograrlo. Debilitarlos e incluso más –ilegitimarlos– es su necesaria agenda. ¿Será tan difícil de entenderlo? Agregar comentario: |
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