Las recámaras ocupaban la mayor parte del espacio íntimo de las casas novohispanas y, de ellas, la materna era la más importante.
María Elena Schlesinger
Las recámaras ocupaban la mayor parte del espacio íntimo de las casas novohispanas y, de ellas, la materna era la más importante.
En las casas criollas más acaudaladas de la época colonial, los cónyuges dormían en habitaciones separadas, y cada uno de ellos tenía su propio cuarto, dado las reglas de recato e intimidad que debía conservar la mujer.
El cuarto materno era no solo el recinto en donde daba a luz y se criaba a la prole, sino el espacio en donde se confinaba la madre hasta que finaliza el tiempo de lactancia. Pero el cuarto materno también era el espacio deparado para la última instancia de su vida, el lugar en donde se enfrentaba la muerte, ya que las personas morían siempre en la casa, auxiliadas por parientes, sirvientes y curas, acto totalmente público en que se dejaba este mundo entre llantos y rituales religiosos.
Cuando la madre caía en cama se sabía o presentía que el final estaba cerca, entonces el dormitorio se constituía como el ámbito de muerte. Se tenía la idea de que se debía acompañar al moribundo hasta el último tránsito por la Tierra, por lo cual se reunían al lecho de muerte, los cónyuges, hijos, parientes, sirvientes, cofrades y sacerdotes, quienes con sus rezos y rogativas apoyaban al difunto en este último trance.
Por medio de la extremaunción, el agonizante preparaba el tránsito de su alma al más allá. Y, una vez que esto sucedía, los vivos colocaban en las manos del cadáver el rosario bendito, un escapulario consagrado o una bula de difuntos, documento pontificio en el cual se le concedían al difunto indulgencias plenarias o gracias especiales para librarse de los espantosos tormentos del purgatorio. Estas bulas eran compradas por las personas o sus familiares, y su precio era de acuerdo al rango social, por lo que el Capitán General o el hacendado criollo pagaban mucho más por una bula de difuntos que el sirviente indio.
La vida del hombre y la mujer novohispana estuvo sujeta al concepto religioso cristiano que afirmaba una y otra vez lo efímero de la vida terrena, concebida como un paso, una estancia cortísima, comparada con la vida eterna. El asegurarse la vida celestial, libre de los castigos y tormentos extremos del Purgatorio, como los descritos en la visiones de Santa Teresa, fue una de las preocupaciones existenciales del hombre y la mujer del siglo XVIII. Por esta razón, inmediatamente del deceso, se proseguía con las misas de difuntos y con las gregorianas, las cuales el occiso dejaba pagadas y ordenadas con antelación.
El cuarto y el lecho materno fue entonces no solo el tálamo de la vida en donde se concebía y se procreaba a la prole novohispana, sino también el último refugio terrenal en donde la madre enfrentaba la muerte, el lugar en donde las sábanas traídas un día de ultramar se convertían en la última mortaja.
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