Actualidad: Los Analistas"Una democracia más madura, necesitamos perfeccionarla"Edelberto Torres-Rivas es a la izquierda del país lo que Manuel Ayau es a la derecha: un descodificador de pensamiento, un articulador de ideas. En vísperas de las elecciones ha hecho publicar un conjunto de pequeños ensayos suyos sobre las izquierdas y el papel de Rigoberta Menchú en la Historia. ¿Qué piensa él de las elecciones a las que se enrumba el país? Por: Juan Luis Font/Claudia Méndez Arriaza
¿Qué expectativas tiene usted de estas elecciones? ¿Qué espera que suceda en este país?
– Si todo se procesa como en las cinco anteriores elecciones, aunque les pese a los pesimistas, la democracia guatemalteca se consolida. Hay nuevos problemas. Uno es la difícil administración cuando se ha duplicado el número de mesas. ¿Se podrán integrar todas antes de las 8:00 de la mañana? ¿Llegará la papelería a todos los rincones del país? Otro es que, si ello no ocurriera en algunos lugares, no faltará quien diga que eso es fraude. ¡No lo es! Son anomalías que ocurren en todas partes. ¿Pueden cambiar las cosas? Manuel Ayau afirma que nada va a cambiar en este país porque no estamos transformando el sistema, sino manteniendo un ciclo perverso… ¿Usted qué piensa? – Con una elección general cambia el partido y la cohorte gobernante, se renuevan parcialmente el Congreso y las alcaldías. Una elección es una gran interrogante. ¿Qué puede cambiar con el voto? Ciertamente, no cambian ni el sistema político ni el modelo económico. Esos cambios solo serán resultado de que accedan al Gobierno partidos y élites con programas y voluntades definidos, animados por superar el atraso que nos agobia. Desafortunadamente, y de esto nadie en particular tiene la culpa, los candidatos no representan lo mejor que el país tiene. Habría que preguntarse por qué en otros países la democracia convoca a sus mejores recursos humanos, a su capital social. Ya llegará ese momento. Por de pronto, habrá más de lo mismo, ojalá que sea menos de lo mismo. En la mayoría de los casos son candidatos caudillos alrededor de quienes se organiza un movimiento político para llevarlos a la Presidencia. ¿No es este el resultado? – Eso solo refleja que la democracia es un proceso de aprendizaje muy lento para nosotros. Pero ya hay partidos cada vez más implantados, y seguramente varios sobrevivirán. El ejercicio político tiene que variar, pues ahora el público guatemalteco ya es otro; con casi 25 años transcurridos ya contamos con una generación nueva, un 60 por ciento de guatemaltecos ya no vivió ni el conflicto ni la dictadura militar. Representantes de esa generación nueva ya están participando y el que representa ese tránsito es el hijo de Vinicio Cerezo. Espero confiado que esa nueva generación sea mejor. Me refiero a que sea más calificada, que despierte más entusiasmo, que sea más idónea para lo que el país necesita. Me anima su optimismo. – Estamos ante una democracia más madura, necesitamos perfeccionarla mucho, pues venimos de una pesada herencia autoritaria; hacer una democracia de ciudadanos y también una democracia de partidos. Los problemas que tenemos hay que resolverlos con más democracia, no con menos. Alguna oferta por ahí propone ordenar el país con métodos que no son democráticos, y eso me asusta mucho. Una generación de electores se encuentra decepcionada: no saben por quién votar, las campañas les parecen excesivas y no tienen idea de quién es el candidato idóneo. – Es cierto, pero muchos ciudadanos tienen una idea equívoca de la democracia, como “lo-resuelve-todo”, y es curioso porque en esta oportunidad hay por lo menos ocho partidos con programas (URNG, ANN, Unionista, UNE, Gana, UCN, PP y EG) y el PAN y la DC, que lo tienen en versión electrónica. La paradoja es que, empujados por el clima del marketing electoral, muchos candidatos se olvidan del programa y empobrecen sus discursos diciendo los lugares comunes, como quien vende mercadería. ¿Realmente cree que los programas son coherentes? – Sí, con iniciativas dispersas, pero es una ganancia que ahora los partidos se preocupen por estructurar programas. Aunque hay que distinguir entre lo que es una oferta electoral para ganar elecciones y las respuestas que exige el país. Nadie ha hablado, por ejemplo, de un Estado eficiente, que vamos a luchar por un partido fuerte, estructurado. Creo que es muy importante la dimensión estatal porque el Estado que tenemos no va a ayudarnos si no se fortalece financieramente y con recursos humanos con una visión a largo plazo. En todos ellos solo encuentro cortoplacismo y horizontes cuatrianuales, porque su planificación se diseña con base en cuatro años y cada cuatro años cambiamos. No hay continuidad. Pero los partidos no se plantean eso porque son proyectos más bien personales e improvisados. – Desgraciadamente, sí, así es. Son aventuras de corto plazo. Guatemala es probablemente el mayor cementerio de partidos en América Latina; se han muerto 54 partidos políticos en los veintitantos años de democracia. Hay explosión demográfica de partidos, nacen y mueren sin llegar a la madurez. Hay varias cosas a cambiar, entre otras respetar más la naturaleza democrática de la representación mayoritaria y proporcional. ¿Qué significa eso? – La magnitud de los distritos electorales, los municipios, da lugar a serias debilidades. En Guatemala hay distritos pequeños, de uno a cinco diputados; medianos, de seis a nueve, y grandes, de diez y más. Los pequeños son el 62 por ciento, pero solo eligen un tercio de los diputados, los otros son un 20 por ciento, y los grandes, que son muy pocos, 18 por ciento. Los tres grupos de distritos están sobrerrepresentados. Hay distorsión en la representación con el sistema actual, los distritos extremos son Alta Verapaz, donde la razón (ratio) existente indica un diputado por cada 27 mil habitantes. En El Progreso, hay un diputado por cada 74 mil habitantes, y en el Distrito Central cada diputado equivale a 164 mil votantes. Toda esta estructura tiene que cambiar. Entonces, ¿qué partidos salen ganando? – Bueno, creo que los más grandes o los que ganan en distritos medios. Por ejemplo, eso puede medirse con la Tasa de Ventaja Electoral, que indica que cuando la Tasa es superior a 1, el partido está sobrerrepresentado, y al revés. En las últimas elecciones, la Gana (Gran Alianza Nacional) tuvo una Tasa de 1.2 y el FRG (Frente Republicano Guatemalteco), de 1.3, es decir, están sobrerrepresentados; la UNE recibió una proporción de escaños muy ajustada a su caudal electoral y el resto de partidos, los pequeños, padecen subrepresentación. Aquí hay una contradicción, pues la Ley Electoral facilita el nacimiento de los partidos y el sistema los mata. ¿Usted encuentra diferencias entre el Partido Patriota y la Unidad Nacional de la Esperanza, UNE? – Hay diferencias en el gesto de los candidatos a Presidente, en sus estilos de sonreír, en sus hábitos de vestir y caminar, en los decibeles que utilizan para amenazar. Son o representan personalidades distintas. No es lo mismo Álvaro Colom, reflejo de un oficial mayor de un Ministerio, que Pérez Molina, oficial mayor de un cuartel… Sin embargo, ellos y sus vicepresidentes representan en buena medida la realidad de este país: un civil, un militar, un alto empresario, un reconocido profesional. ¿Y por qué los guatemaltecos parecemos tan fascinados con las personalidades recias, como las de Pérez Molina y Álvaro Arzú? – Bueno, no todos. Pero sin duda, el guatemalteco es así porque crece, se forma y se deforma en una sociedad autoritaria. Guatemala tiene una sociedad terriblemente autoritaria. Y el eje de esa realidad es el hogar. Creo que venimos de hogares donde privó el patriarca, el padre duro, absolutista, que con o sin violencia imponía sus caprichos y lo peor, con la complicidad materna. Con una cultura machista y patriarcal reproducimos nuestra admiración o el gusto por la violencia, la atracción por el más fuerte es casi sensual. La mano dura atrae, no hay justificación, es atracción casi carnal, diría que no es política. Y a partir de esa explicación uno puede imaginar que resultará difícil para una mujer conquistar el voto guatemalteco. – No si es una mujer que reproduce esos valores masculinos, no si es una mujer fuerte, no si es una mujer que ejerce con firmeza su papel, y prueba en los hechos que puede ser igual o más que el hombre. Ya llegará el momento de la prueba. Una imagen de la cual Rigoberta Menchú se encuentra muy alejada. – Es cierto. Y sin embargo a usted pareciera entusiasmarle la presencia de Rigoberta Menchú en el proceso electoral. – Sí, pero no por razones electorales, sino históricas, culturales y simbólicas. Ella representa una ruptura, votar por ella es votar en contra del establishment, porque ella es indígena, es rural, es pobre y es mujer. Su presencia “niega” en el sentido que enfrenta a los varios candidatos que vienen del sector privado, que son blancos, urbanos, ricos, con educación superior. Para mí, votar por ella significa votar contra el pasado. Está acompañada por un ex vicepresidente que fue del CACIF, un mediano terrateniente, a quien por cierto, me encontré el otro día y me dijo: “Me siento bien, lo único malo es que mis amigos ya no me hablan”. No se consolida en este país un proyecto de izquierda, pero tampoco podemos hablar de una derecha consolidada: parece una fuerza multifragmentada, pero más fuerte. ¿O es solo una percepción? – Va a tomar mucho tiempo que se consolide un proyecto de izquierda. Me temo que los que vienen más directamente de la izquierda armada, no todos, no han comprendido bien que la democracia es el desafío que se debe asumir. En consecuencia, hay que hacer política para cambiar desde adentro al Estado y no desde afuera. Ya no hay revoluciones, solo reformas. Y por el lado de la derecha, veo enormes posibilidades de consolidación, en las nuevas condiciones democráticas puede surgir una alianza como la que representa el Partido Patriota (PP). Recordemos las viejas alianzas de la oligarquía con los militares, que han sido siniestras para el país. También imagino una eventual alianza de algún militar con los sectores populares, o con el movimiento indígena, no sé, pero ahí podría haber alguna salida. Y los indígenas, ¿qué papel juegan en todo esto? – El punto de partida es que no se han politizado las diferencias étnicas. Y entonces asistimos a una realidad llena de paradojas, que esta campaña electoral exhibe. En esta, no hay polarización ideológica, pero tampoco hay una polarización étnica. La competencia electoral no se da como en El Salvador, muy enfrentada por ideologías fuertes. Sin embargo, en la Guatemala no oficial, en el interior del sistema, hay un profundo enfrentamiento étnico, hay racismo, prejuicios, violencia y también hay una polarización de creencias, ideas, algo que recuerda el odio del conflicto armado. El sistema de partidos políticos no es un sistema polarizado y no representa la realidad de esta sociedad: porque nosotros sí somos una sociedad desigual, con broncas disimuladas. Y esa polarización es, de hecho, cada vez más fuerte y los partidos no la reflejan. O sea que no se expresan partidariamente. – Los grupos étnicos en Guatemala no tienen presencia política ni ideológica y los partidos no han capturado las ideas ni los principios que mueven a los intelectuales indígenas, no los incorporan a su programa, ni a su discursos, ni a su retórica. Es una situación curiosa que no se da en otros países y no sé si es buena o mala, pero en todo caso es un dato. Pero, ¿cómo, es posible que, pese a que si lo intentan, los partidos políticos no capturen la contradición ideológica que persiste en la sociedad? Me refiero, sobre todo, a los partidos de izquierda. – No lo logran, talvez por distintas razones de esta coyuntura. El Zurdo Sandoval es el que ha planteado las cosas más seriamente. He escuchado a Rigoberta y probablemente por ser parte de su estrategia, sus propuestas son muy razonables, prudentes… Yo esperaba que conmoviera el universo político, que obligara a los otros candidatos a definirse con relación a los indígenas. ¿Qué ofrecen, qué quieren o qué no quieren? Pero volviendo a la pregunta, creo que la gran debilidad es que ya no se producen en Guatemala movimientos de masas como en la década de los setenta, en que hubo un movimiento de masas extraordinario, para el entierro de Robin García o el doctor Fuentes Mohr llegaron 70 mil personas, ahora para el desfile de 1 de mayo (Día del Trabajador) no llegan ni 5 mil personas. Los movimientos sociales se rompieron, se perdieron todos los lazos y eso golpea a la izquierda. Esa ideología étnica y esa ideología indígena de las cuales habla, no deben representarse necesariamente en la izquierda. – No, pero me refiero a una ideología etnicista que puede ser probablemente una reivindicación, demandas y proyectos tales como la demanda por autodeterminación de los grupos étnicos, formas de autonomía basadas en la diferencia cultural. Se habla de un Estado maya o de cosas así, hablo de su presencia como grupo mayoritario que puede exigir una representación mayor. Y abrir espacios a su forma de ver e interpretar el mundo, de regular sus relaciones. Hablamos prácticamente de un Estado dentro de otro Estado. – O, como suele decirse, programas de autonomía, de autodeterminación, el Convenio 169 de la OIT dice claramente que los pueblos indígenas tienen derecho a la autodeterminación, a romper las ataduras… A mí me da mucho temor. ¿Romperlo o federarlo? – Ni federarlo ni romperlo. Es cuestionable la idea de federarlo porque en Guatemala no hay correspondencia entre la geografía y la etnia. Huehuetenango, por ejemplo, tiene por lo menos 11 grupos lingüísticos, ¿cómo se va a federar? Creo más bien que el camino es a través de los municipios, la autonomía municipal, donde puedan ejercerse formas originales de procesos de afirmación étnica, ahí donde hay municipios que tienen más del 75 por ciento de población indígena. Entonces hablamos de un cariz de autodeterminación a través de municipios. – Creo que sí, sobre todo con ciertas formas de desconcentración y descentralización, aunque yo creo que estas políticas de descentralización –hasta ahora– son erráticas, equivocadas, será necesario un largo entrenamiento o preparación para que el poder local sea efectivo, dinámico, competente y sin corruptelas. Hay un dato interesante que surge a partir de la última elección: mientras la Gana se alzó con la Presidencia, el FRG ganó 180 municipios, lo cual revela un potencial dinamismo entre poder local y poder nacional. No obstante, existe un fenómeno que la prensa ha reflejado poco, o mejor dicho, ha reflejado en parte: ha revelado el alto índice de transfuguismo en diputados, pero no se ha contado que en los alcaldes ha sido peor, pues me parece que casi la mitad de los alcaldes del FRG se fueron con la Gana. Agregar comentario: |
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