Frente a la exposición La línea interrumpida, de Darío Escobar, pensé en dos cosas: cómo en los chinos –en su gran sabiduría– hay artistas que comprenden que un trazo puede ir más allá de ser un simple objeto estético y lo convierten en microcosmos.
Rosina Cazali
Frente a la exposición La línea interrumpida, de Darío Escobar, pensé en dos cosas: cómo en los chinos –en su gran sabiduría– hay artistas que comprenden que un trazo puede ir más allá de ser un simple objeto estético y lo convierten en microcosmos. Menos elegante, recordé un instante de la película Pulp Fiction, cuando Mia invita a Vincent al Jackrrabit Slims, un restaurante cincuentero de chevrolets, hamburguesas y sodas. El hostil Vincent pide a la chica buscar un lugar donde puedan comer un asado. Ella le provoca y, con sus dedos, dibuja en el aire un cuadrado para indicarle al gánster que es un aburrido conservador. La línea interrumpida que dibuja Uma Thurman es un gesto abstracto que dice todo con tan poco.
No es que Uma Thurman sea ahora dibujante. Pero, si algo define esta exposición, como aquel gesto congelado en un still, es la posibilidad de sustraer peso sin restar esencia. Por mucho tiempo en Guatemala el referente extremo del dibujo ha sido Arnoldo Ramírez Amaya. Sus fantásticos personajes guanteletas me matan. Pero en este despliegue de obras que resumen el trabajo de los últimos años de Darío Escobar, encontramos a un dibujante –y a la vez escultor– colocado en un extremo totalmente opuesto al de Amaya. Si nos habíamos conformado con la idea del dibujo como sumatoria de trazos hábiles e ilustraciones de narraciones fantásticas, en esta exposición o acabamos por comprender de una vez por todas que el dibujo, desde las cuevas de Altamira, lo único que ha intentado es explicarse como extensión del pensamiento o volvemos al anonimato de la mera relación entre el lápiz y el papel.
Si nadie se percató del hecho vale la pena decirlo. Cuando se inauguró La línea interrumpida, en el Centro Cultural de España aún se encontraba otra muestra de experiencias similares. Con el título Ejercicios de lo efímero era una serie de obras que buscaban la desarticulación de la noción básica del dibujo para transformarlo en algo menos objetivo. Esta incluía uno de los muros negros de DE, que son acumulación de grafito, fragilidad y tensión. Pero, en una escala mayor, la exposición en Correos era o es la posibilidad de encontrar el dibujo en el “territorio expandido” de la escultura, un concepto que analizó y acuñó alguna vez Julia Kristeva. Según Kristeva, solo ahí podrían convivir felizmente medios, formas e intenciones supuestamente ajenas entre sí.
¿Se han percatado de que atravesamos una época cuando hay un deseo por revisitar trayectorias?, ¿o se retoman medios que se habían perdido por desinterés? Uno de estos era el dibujo, que sufrió una significativa “marginación” en beneficio del fetichismo de la pintura. Siendo considerado muchas veces tan solo como un modo subalterno de algo más grande, generalmente pasaba al olvido. Sin escepticismos a la vista, La línea interrumpida inscribe un salto vertiginoso en la historia del arte de este país. Resitúa y amplía el valor del dibujo en su práctica y su concepto.
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