Fue el último tributo a la impresión en “stencil”.
Luis Aceituno
Gerardo Ríos, hondureño, amigo del alma, me contacta por lo de los 30 años de mi promoción lasallista. Me envía una foto que se me va directo al corazón, que alimenta como pocas mi absoluta manía fetichista. Se trata del único testimonio visual de mis inicios en el periodismo. Eso fue también hace tres décadas, en una revista de profunda sensibilidad roncanrolera llamada La Moxca.
Ahí estamos, delgadísimos y mechudos, mostrando ufanos nuestro engendro, con el orgullo en el rostro de quien se cree protagonista de una experiencia histórica y definitiva. Willy Silva, el Negro López, Suazo, Gerardo, yo, bajo la tutela de Carlos Laínez, nuestro editor, pero además mentor, guía literario y espiritual, confidente, protector, iniciador artístico, amigote, patrocinador de juergas más bien inocentes, prestamista, director vocacional y un largo etcétera.
Éramos jóvenes o, mejor dicho menores de edad, y escuchábamos a Led Zeppelin, a Pink Floyd, a Frank Zappa con devoción casi religiosa; caminábamos desenfadados por las calles de Antigua Guatemala y leíamos a Ernesto Cardenal y a Jean Paul Sartre. Por las tardes ensayábamos a Ionesco en un grupo de teatro experimental al que por alguna enigmática razón le habíamos agregado el mote de “científico”. Las noches eran de cine o de matar el tedio en un café–bar con el desabrido nombre de “Restaurante Contreras”. Todo eso lo queríamos contar en la revista, aunque al final no se qué fue lo que terminamos contando.
Le rendimos, eso sí, el último homenaje a las publicaciones en stencil, lo que, para mí, nos daba un aura de “resistentes”, entregados a una causa oscura, noble y a todas luces imposible. La verdad es que nos divertimos mucho.
0 comentarios: