Tengo que confesarlo, transité mis años escolares de la primaria dentro de una especie de nebulosa confusa.
María Elena Schlesinger
Tengo que confesarlo, transité mis años escolares de la primaria dentro de una especie de nebulosa confusa. En aquellos días habré sido una especie de marciano verde caminando por los corredores del colegio, preguntándome una y otra vez qué habrá querido decirnos la monja después de llevarnos a ver por quinta vez la película Juan hace su letrina, o más tarde, cuando en quinto grado, nos dieron nuestra primera clase de educación sexual, y la maestra sacó de un bolso una ilustración enorme de una gran flor anaranjada partida por la mitad, iniciando una de aquellas filípicas incomprensibles en donde todo se resumía a varios estambres, un pistilo pegajoso y un montón de abejas revoloteando con el polvito amarillo de la vida pegado a las patas.
Pero mi incoherencia, mi nube gris de incomprensión se agudizaba más en el mes de septiembre, cuando la maestra guardaba en el clóset del aula, la imagen de la Virgen del Carmen, porque niñas, ha llegado la hora de hacerle el altar a la patria, un homenaje a nuestros héroes, y en el lugar que antes ocupaba la Virgen se ponía una estatuita pequeñísima de Tecún Umán hecha de polvo de yeso amarillo, en donde aparecía con mueca de pelea, con escudo en la diestra y un garrote como de los picapiedras en la otra mano. El empequeñecido héroe nacional nada tenía que ver con la imagen enorme y bella de la Virgen traída desde Italia.
Entonces venían las historias de nuestros héroes, y la maestra señalaba la triste estatuita de Tecún Umán y contaba el momento en que el guerrero quiché casi le gana al conquistador, porque nuestro héroe, niñas, fue el primero en atacar a don Pedro, pero no a él, sino a su caballo, porque Tecún creyó que el conquistador estaba pegado a su caballo, mientras la clase entera se reía, murmurando entre dientes, pero por Dios Santo, qué tonto.
Y, así, septiembre se me atojaba incomprensible, como el mes de los antihéroes, un Gabino Gaínza que en la mañana era el Capitán General de los españoles y después de firmar con una pluma de sanate negro un pergamino, en la tarde, se convertía por arte de magia, en el primer Presidente de la patria liberada, en la patria de los criollos.
Después venía doña Dolores Bedoya, la heroína de la Independencia, quien había llevado la alegría a la plaza y todavía se le recuerda, niñas, nos decía la señorita de sociales, por quemar cuetillos y llevar la marimba a la plaza. Aparte está el caso de nuestro Himno patrio, el más hermoso después de la Marsellesa, nos decía la maestra orgullosa, el segundo más importante del mundo, y después de contarnos las mil maravillas del Himno resultaba que no lo había escrito un chapín, sino un cubano.
Pero niñas, eso no importa, nos decía la maestra, porque José Joaquín Palma, además de muy guapo quería mucho a Guatemala.
No sé en qué momento de mi vida me entró la conciencia y la nebulosa de aquellos años de infancia se me fue clarificando, quizás fue cuando el último de nuestros personajes héroes apareció representado un 14 de septiembre por una niña larguirucha y flaca que se llamaba Rosita, vestida de franciscano, harapienta y con una campanita. Nuestro héroe de hoy, dijo la maestra con voz de locutor, pasó por nuestra patria con la mano extendida pidiendo limosna.
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1 comentarios:
Oralia Garcia: (2007-09-15 20:22:01 horas)
Estudio una Maestria en la Galileo; me inscribi ahi, porque soñe, no pense, que era una Universidad buena, pero me lleve un fiasco tremendo. En el segundo semestre tenemos dos catedraticos para seis cursos; ya hable a la Direccion de Escuela , a Bienestar Estudiantil,etc. nadie hizo nada hasta el momento. Posiblemente como miembro de esa universidad fui de las unicas que se alegro al ver que Suger no estuvo entre los favoritos para Presidente, ya que si en su tan famosa universidad no controla, imaginense con el pais.
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