Hay enfermos a los que el médico diagnostica: “Usted está mal, muy mal”. Y el paciente, que tose y se está cayendo a pedazos, replica: “¿Yo, enfermo? ¡Pero si todos estamos enfermos; incluso hay otros más enfermos que yo!” Actitud extraña, ¿verdad? Y, sin embargo, se da con frecuencia cuando hablamos del país.
Es suficiente evocar lo terrorífico que resulta vivir en Guatemala debido a los asesinatos de mujeres, a los linchamientos, a los secuestros, a los asaltos, a la venta de niños, a la corrupción, a la impunidad, a la miseria, para que la sensibilidad patriotera del guatemalteco con pocos alcances salte indignada y diga: “¡Pero en otros países sucede igual o peor. Mire, por ejemplo, los Estados Unidos, Irak, España: allí también hay violencia, también asesinan mujeres; nuestro país es de lo más lindo y no lo cambio por nada en el mundo”.
¡Pero si nadie le está pidiendo que lo cambie! Se trata simplemente de analizar la realidad y de enjuiciar aquellos aspectos que son moralmente inadmisibles, aquí y en la China. Sin embargo, dichas personas mezclan razón y emoción, objetividad y tripas, y no saben poner las cosas en su sitio. Es como si no pudiéramos criticar el techo con goteras de casa, tan sólo porque allí vivimos. O a nuestro padre o hermano –que a lo mejor son insoportables– porque son miembros de la familia.
Es necesario aprender a no confundir las partes y el todo. Entender que se puede criticar un aspecto de algo sin que por ello se reniegue del conjunto. De lo contrario, con semejante mentalidad pedestre y soberbia, que no deja sitio para sutilezas y gradaciones, y en la que priva la lógica del “todo o nada”, de “lo toma o lo deja”, lo que sucederá es que contribuiremos a hundir más el país, y a nosotros con él.
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