“Whisky” es la palabra que logra forzar una sonrisa en la inmutable cara de Jacobo Köller. Sin whisky no hay sonrisa. Köller no sonríe jamás. Su vida de soltero vitalicio se limita a su pequeña fábrica de medias –las medias Köller, claro– y el contacto cotidiano con Marta, su empleada de confianza, con quien sostiene una relación laboral tan inocua como rutinaria.
La vida de Jacobo transcurre en la ciudad de Montevideo, en Uruguay y es narrada con un puñado de acciones repetidas: estacionar el auto viejo; abrir la persiana de la fábrica; intercambiar algún vocablo con sus empleadas; sentarse en su gris oficina; arreglar la persiana; beber lo que Marta le sirve; despedirse de Marta; arrancar el auto viejo y... la historia se repite cíclicamente.
La monotonía se rompe cuando Herman, el hermano menor de Köller, le anuncia que llegará a Montevideo –proveniente de Brasil– para asistir a la última ceremonia del entierro de la madre de ambos, fallecida días atrás.
Humor extraño
Sin explicaciones de por medio, Jacobo le pide a Marta que se mude a su casa por el tiempo que dure la visita de su hermano. Sin preguntas de por medio, Marta traslada sus pocas pertenencias al oscuro departamento del fabricante de medias donde aún se perciben rastros de una madre tan enferma como demandante.
La pareja queda constituida de hecho. La foto del casamiento –con una obligada sonrisa de “Whisky” mediante– está instalada en medio de la sala como testigo fidedigno de algo que nunca fue. Las camas separadas se juntan en una pseudomatrimonial. Hay pocas palabras y un solo plan que empieza a enrarecerse con la llegada de Herman.
Con esta anécdota poco pretenciosa, los directores uruguayos, Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, cuentan la historia de tres personas solas que, detrás de actos mínimos y gestos mezquinos, guardan resentimientos y surcos profundos imposibles de cerrar. Una mecánica basada en la ocultación de datos, el disimulo, el silencio y las palabras vacías. Ninguno de los tres dice lo que piensa o lo que siente. Prefieren dejarse llevar por ritos cotidianos. De ahí surge el humor: un humor absurdo, surrealista, ajeno a la realidad.
Un fenómeno
Whisky fue estrenada en el Festival de Cannes en 2004, donde logró el premio de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica en la categoría “Una cierta mirada”; fue precandidata para los premios Oscar; y ganadora del premio Goya de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España como mejor película extranjera.
No es erróneo decir que en la película muchas veces “no pasa nada”. Esta es la estrategia de los realizadores para mostrar lo que subyace bajo estos tres personajes –interpretados por Andrés Pazos (Jacobo Köller), Mirella Pascual (Marta) y Jorge Bolani (Herman)– que se mezclan en una relación triangular donde la empleada de la fábrica de medias se convierte en el trofeo simbólico de dos hombres enfrentados por una segunda mujer: la madre muerta.
Anteriormente a Whisky, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll habían realizado, en 2001, 25 Watts, una cinta que dio la vuelta al mundo en 80 festivales y ganó una docena de trofeos. Aquella crónica urbana concentrada en 24 horas de marcha “amigueril” por las calles de Montevideo, rodada en blanco y negro, casi sin presupuesto, pero con muchas ganas sedujo a miles de cinéfilos. Gustaron su frescura y su descaro; la hondura aparentemente simplona de sus diálogos. Las mismas razones, y un presupuesto bastante mayor que en el primer filme, contribuyeron a hacer de Whisky (estrenada en 2004), una de las películas independientes más celebradas por la crítica internacional. Se dijo que sus autores eran el verdadero futuro del cine latinoamericano. Una afirmación que quedó trunca cuando Juan Pablo Rebella se suicidó en junio de 2006 a los 32 años.
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