Es políticamente rentable mostrarse duro contra los inmigrantes ilegales, especialmente los hispanos. Produce votos. Todos los candidatos lo saben. Ocurre ahora mismo, en las elecciones norteamericanas, donde Mitt Romney avanza a los primeros planos del Partido Republicano prometiendo mano fuerte contra los indocumentados. Es posible que ese ángulo de tiro le sirva para desmontar a Rudy Giuliani del caballo. En todo caso, no es un fenómeno americano, sino una regla universal.
En general, no se trata de un juicio racional, sino de una reacción atávica, talvez instintiva, frente a todo aquel que muestre señas de identidad diferentes. La mayor parte de los estudios más solventes demuestran que los inmigrantes son una magnífica fuente de creación de riquezas, pero hay un rechazo a quien habla otra lengua, gesticula de una cierta manera o le reza a otras deidades. Es como si se estuviera secando el discurso a favor de la diversidad que tantos adeptos tuvo en la segunda mitad del siglo XX.
Más aún: va forjándose un cuerpo teórico en contra de la diversidad que tiene como apóstol (talvez sin él proponérselo) al sociólogo Robert Putnam, uno de los investigadores norteamericanos más reputados, a partir del ensayo, Bowling Alone (Jugando solo a los bolos), en el que aludía a la creciente amputación de los lazos de colaboración espontánea que unen a los norteamericanos a la sociedad en la que viven. Fue Putnam, junto a otros investigadores, quien desarrolló la noción del “capital social” como aquella madeja de confianza en el prójimo e interrelaciones voluntarias que fortalecía el tejido de la sociedad civil y mejoraba la calidad de la convivencia.
Hoy es diferente. Los niveles de confianza en el otro se han reducido tremendamente. El prestigio del Gobierno y de los políticos nunca ha sido menor. La filantropía y el trabajo voluntario son una sombra de lo que eran. La idea de la responsabilidad social se ha diluido. Se multiplican los conflictos legales y los pleitos. Disminuye la militancia religiosa. Las personas se reúnen y comparten menos. Estados Unidos, en alguna medida, se va transformando en una muchedumbre de personas solitarias que dedican cada vez menos tiempo a la interacción con otras criaturas. Es como si el instinto gregario se hubiera debilitado.
¿Qué tiene que ver todo esto con los extranjeros? Algo talvez, barruntan Putnam y sus seguidores: la hipótesis es que se debilita el impulso altruista con un entorno poblado de extraños. Uno ama y lucha por lo que le parece propio y cercano, pero uno se inhibe ante extraños.
No lo sé. Talvez están tomando el rábano por las hojas. No creo que sea discutible que hay una reducción sustancial del capital social norteamericano (y planetario), pero sospecho que el origen de ese fenómeno tiene poco que ver con la presencia masiva de extranjeros legales o ilegales.
Sencillamente, las sociedades cambian, las costumbres se modifican, y los valores alteran su jerarquía con el paso del tiempo y los avances científicos. En todo caso, a los efectos electorales no importa demasiado que la tesis sea cierta o falsa. Los políticos se han dado cuenta de que es rentable. Han olido votos.
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2 comentarios:
Samuel Perez: (2007-09-15 12:49:48 horas)
La individualidad del postmodernismo aisla a las personas. Si te reunes con otro es porque quieres sacar algo a cambio, sería la consigna utilitarista.
O será talvez que el capital social y el financiero son mutuamente excluyentes?
Las relaciones sociales se enriquecen cuando hay actitud de apertura entre diferentes y no entre iguales. Que aburrido sería! Vaya un poquito mas arriba, en Canadá es todo lo contrario. Y la riqueza social ponen al pais entre los primeros lugares del IDH desde hace varios años.
Pablo Castillo: (2007-09-15 10:54:28 horas)
Los políticos saben que con mensajes simples pero que prometen castigar a alguien se pueden obtener resultados. Esa demagogia le funcionó a Hitler y sigue siendo usada por los políticos actuales, anteriormente fueron los judíos, hoy son los ilegales o las maras. Depende el país.
2 comentarios: