No sé cultivar lo que consumo. No sé cocinar lo que más me gusta comer. No sé coser o tejer ninguna prenda con qué cubrirme. No sé lavar ropa: tampoco plancharla sin dejarla como masticada y menos aún enyuquiarla (vocablo que ya enfila hacia el cementerio de palabras).
Lo mío con la escoba y el trapeador es un tango bastante mal avenido: quítame esa pierna, no seas tan tiesa y un espasmo lumbar que para qué les cuento. Cuando hago la lista de todo lo que no puedo y no sé hacer para garantizar mi supervivencia de espécimen urbano clasemediero, me abruma mi ignorancia.
Asumo con ceguera que siempre habrá alguien que lo haga por mí. Una abuelita que aún sepa blanquear con hojitas de azul el vestido de primera comunión, un esposo con dotes culinarios, una empleada que tenga necesidad de saber todo lo que he tenido tanta prisa por no aprender o, en el extremo, alguien con la visión de ofrecerme el servicio a un módico precio. Suposiciones bastante necias algunas.
Nací en un país en que se daba por sentado que siempre habría servidumbre a precios de me lo llevo. Llegué al mundo con el boom tecnológico y la idea de que la educación moderna comprendía la buena relación del hombre con teclados y botones. ¿Por qué aprender a cocinar si existían ya las comidas preparadas de microondas o quien las sirviera calientes a cambio de un salario modesto?
¿Para qué cultivarse entonces en anacronismos de la edad preindustrial? Noto con cierto espanto que la filosofía de mis tiempos se ha extendido a otras áreas y su interpretación en las nuevas generaciones es, como cabía esperarse, cada vez más amplia. ¿Por qué tomarse la molestia de escribir un ensayo si ya alguien lo hizo y lo colocó en el Internet? ¿Para qué aprender ortografía si los ordenadores tienen diccionario incorporado? ¿Para qué emprender cualquier labor, incluso el pensamiento, si ya alguien seguramente ofrece el producto empacado y listo para el consumo? Hasta las fantasías de ahora son pret-a-porter.
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