Opinión:
Esta es la historia de un grupo de campesinos que un día echó a andar por las montañas. Había entre ellos indios y ladinos, sin tierra todos o con parcelas tan pequeñas en las inmediaciones de Santa Cruz del Quiché que sus cosechas no alcanzaban para saciar 12 meses de hambre. Hartos de bajar año tras año a la costa para tapizcar maíz, cardar las bellotas maduras de algodón o cortar la caña con su pesadilla de afate, culebras y calor, sin que esto supusiera prosperidad alguna, decidieron emprender otro camino.
Descendieron hasta las tierras bajas, más allá de la sierra, a una zona de clima tan caliente que era ideal para criadero de mosquitos, semejante a aquella en la que malcomían de octubre a febrero de cada año, pero sin dueño. Ahí había tierra virgen, sin colonizar, en manos de un Estado dispuesto a cedérsela a los campesinos. Era tan difícil su acceso, tan remota su localización, que nadie se había interesado por disputársela a la selva. Las cien familias de aventureros acamparon junto a un río poblado por nutrias. Trazaron sus parcelas y tumbaron una parte del bosque para sembrar granos. Se maravillaron de encontrar tierras ubérrimas que ofrecían dos cosechas al año sin necesidad de ser fertilizadas por químicos que de tan caros se hacían inalcanzables. Hallaron manantiales en abundancia, peces desapercibidos en las pozas de los ríos y tepezcuintles que antes de su llegada morían de viejos o en las garras de los jaguares. Trajeron a un agrónomo y ensayaron con cultivos desconocidos y más rentables. Pronto dieron con el cardamomo. Montaron su escuela y fortalecieron su cooperativa. Obtuvieron apoyo del exterior y un buen día aterrizó una avioneta para aliviar los ocho días de selva y lodo inexcusables para alcanzar los mercados. Con el tiempo hasta un nazi arrepentido les envió terneros por aire para mejorar su hacienda. Esta es una historia épica, un relato fascinante que remite a la fantasía inagotable de empezar de cero. Fundar su propio pueblo, acaso no haya proyecto más ambicioso o delirante. ¿Coraje para emprender y lanzarse a lo desconocido? Mucho más que eso deslumbra de la historia de Santa María de las Nutrias o Santa María Tzejá, la comunidad fundada a inicios de los años setenta en Ixcán, poco antes de que Guatemala estallara en la locura de la guerra, con sus insurgentes que buscaban apoyo entre los campesinos y la bestial respuesta del Ejército para proteger un régimen que mata de hambre a los sin tierra. La guerra casi acabó con este poblado, cuya historia es narrada por uno de sus fundadores, Luis Gurriarán, sacerdote misionero del Sagrado Corazón, en el libro testimonial El Silencio del Gallo. La obra va por su tercera edición en España. Antes que él, Beatriz Manz, una antropóloga que conoció a los pioneros junto a Mirna Mack y les acompañó antes, durante y después de la tragedia, escribió Paraíso en Cenizas. De la lectura de esos dos libros me queda una profunda admiración por quienes se atrevieron a tanto. Santa María Tzejá sobrevive, no sin gran dolor y sufrimiento. Ojalá su sacrificio y sobre todo su esperanza nos redimieran a todos. Agregar comentario: |
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