Opinión:
Varios de los candidatos que no pasaron a la segunda ronda electoral la han emprendido contra las encuestas.En mi opinión, para entrar a analizar las críticas que se hacen, debemos deslindar tres aspectos: la frustración de los candidatos perdedores, el estilo utilizado por los matutinos para divulgar los resultados de las encuestas y los métodos que utiliza cada empresa encuestadora.
En el primer caso, que un candidato aparezca arriba o debajo de sus aspiraciones en una medición de preferencia electoral no es –si quien realiza la encuesta es un profesional que conoce su oficio y no amaña maliciosamente los resultados– fruto de la encuesta misma. Las encuestas no tienen la culpa de que los candidatos carezcan de carisma y no cuenten con una organización partidaria extendida y eficaz. Tampoco cargan con la responsabilidad de que esos candidatos adolezcan de habilidades para relacionarse con los medios y no tengan contactos para recaudar fondos que financien su campaña. En el aspecto de cómo se divulgan las encuestas, esto ya escapa del control de quienes las hacen. Cuando los resultados se encuentran dentro del margen de error declarado por el encuestador, es correcto decir que los candidatos están empatados en las preferencias, como también puede afirmarse que uno va delante del otro, aunque la diferencia sea mínima. En esto lo que pesa al final es la decisión del redactor y del director del medio; y como sucede en tantas otras circunstancias, influye la ideología y las circunstancias personales de quienes redactan, editan y titulan la información. Lo que sí es un error imperdonable es la necedad de presentar los resultados de una encuesta como vaticinios electorales. Y luego, resulta también muy pueblerino cuando un medio afirma que fue su encuesta la que “acertó” el resultado electoral. En tercer lugar tenemos el tema de los métodos. En la medida en que el diseño de la muestra refleje la diversidad y el peso de los grupos que componen el país, en esa medida los datos podrán ser tomados como reflejo de la opinión pública guatemalteca. Además, no debe olvidarse la calidad del cuestionario y la adecuada supervisión del trabajo de campo. En el caso de las compañías que contrataron los diarios, las diferencias entre sus resultados no debe verse como algo sospechoso, porque estos están condicionados por la muestra y la manera como se redactan las preguntas. Por supuesto, ganaríamos mucho si los diarios y las compañías encuestadoras explican mejor su metodología y dan acceso a sus bases de datos. Por último, quiero referirme a ese mito que sostiene que las encuestas influyen en el resultado de las elecciones, porque condicionan el ánimo del elector. Uno de los mejores estudios realizados hasta la fecha para analizar efectos de encuestas, el de Paul Lavrakas, J.K. Holley y Peter Miller, no encontró evidencias suficientes para sustentar que cuando las encuestas muestran a un candidato con porcentajes bajos de preferencias y en posiciones relegadas, esto influye para que pierda votos a favor de quienes van en mejores puestos (bandwagon effect). En suma, las encuestas, cuando están técnica y éticamente ejecutadas, son más buenas que malas, porque dan información valiosa sobre el clima de opinión pública en un momento determinado. No son, de manera alguna, una profecía fatal sobre lo que habrá de ocurrir. El problema, en mi opinión, es cuando los medios y los políticos insisten en presentarlas de esa manera. Agregar comentario: |
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