La música en las entrañas (Entrevista con Joseaugusto Mejía)
Para Joséaugusto Mejía, “todo arte te interpela y te pregunta: ¿quién eres? Es decir, te obliga a confrontarte con tu propia esencia”. El joven y talentoso músico guatemalteco se encuentra actualmente en Holanda, siguiendo cursos con Zoran Dukic, considerado por muchos el mejor guitarrista del mundo. De esto y de otras cosas platica en esta entrevista con el escritor Raúl de la Horra.
Joseaugusto Mejía es un fenómeno. Parece un ser venido de otro planeta o de otra dimensión, y resulta imposible no preguntarse, al escuchar alguno de sus conciertos o al oírle hablar, de dónde diablos salió este joven guatemalteco de 23 años que más parece un monje iluminado que nos devuelve con su arte los escalofríos de la belleza y la verdad.
La entrevista fue realizada una semana antes de que partiera a La Haya, en Holanda, a hacer una maestría de dos años con el maestro Zoran Dukic, uno de los más prestigiosos profesores de guitarra en el mundo, si no el más prestigioso. De los 30 postulantes provenientes de diversos países, solamente cuatro fueron admitidos este año. Joseaugusto fue uno de ellos.
Empecemos por el principio: ¿por qué escogiste la guitarra y no la flauta, el piano o el violín? – Fue un poco por azar. Cuando se tiene catorce años y se está en el colegio, la guitarra es el instrumento más versátil. Empecé, pues, como muchos jóvenes, y me fui desarrollando empíricamente, de oído. Entonces no me gustaba la música clásica y escuchaba lo que escuchábamos todos en la radio: Shakira, Arjona, Maná, etcétera; lo típico. Me gustaba el rock, Nirvana, etcétera; pero un día descubrí al cubano Silvio Rodríguez, que tocaba la guitarra de una manera más sofisticada, con interesantes exploraciones instrumentales, y entonces me abrí a una conciencia artística distinta, opuesta al mundo de los estereotipos de la radio. Su música y sus letras me parecieron una alternativa de vida que encajaba con mis aspiraciones artísticas, orientándome a ese polo de interés. Silvio fue una apertura decisiva al mundo del arte y a la conciencia.
¿Tu “conversión” a la música clásica fue un proceso gradual o hubo algún momento de iluminación, una experiencia como la del “primer beso”, que te haya marcado? – Fue más un proceso gradual. Pero en el plano instrumental sí tuve un momento de iluminación al escuchar por primera vez al guitarrista inglés Julian Bream que, según buena parte de la crítica internacional, es el mejor guitarrista del siglo XX, mejor incluso que Andrés Segovia. Y bueno, oí un casete de él y me pareció alucinante, resonó de una forma increíble dentro de mí, por todo lo que se podía hacer con la guitarra, así que me dije: “Esto es lo que quiero hacer”.
Tu madre ha sido tu promotora y agente cultural, y ha tenido una fe y una entrega totales al objetivo de verte triunfar – Yo valoro muchísimo lo que ella ha hecho, y pienso que el apoyo que me ha dado es una decisión de gran lucidez y de mucho amor. Ella conocía mis inquietudes, puesto que antes de decidirme por la música yo quería estudiar filosofía o letras y leía muchísimo; y después, entre los catorce y los diecisiete, cuando pasé de una conciencia casi nula o masificada a una conciencia individual y tesonera, ella me aprobó y me apoyó sin condiciones. Mi madre en cierta medida siempre valoró el arte y el conocimiento, y eso la llevó, supongo, a entender que los hijos son de uno, pero son sobre todo de ellos mismos, y tienen que llegar a volar solos.
Luego de tres años de estudios sistemáticos en Guatemala, te vas a Londres. ¿Por qué Londres? – Fue debido a mi maestro, César Arévalo. Él me dijo: “la educación a la que aspirás está afuera”. Y nuevamente fue el azar el que se puso en mi camino, ya que escribimos a varias universidades en distintos países y fue El College del Conservatorio de Londres el que contestó primero, así que llenamos la solicitud. Más tarde, leyendo una biografía de Julian Bream, me enteré de que fue allí donde él había hecho sus estudios, y también John Williams, que es otro ícono de esa generación de guitarristas, y que otros muchos grandes actores de la música del siglo XX habían estudiado igualmente allí. Creo que de haberlo sabido antes a lo mejor me habría amilanado, pues no sabía que ese lugar era tan prestigioso.
¿De dónde surge tu inquietud por la lectura y el conocimiento? ¿Tus compañeros de escuela eran así? – No, ¡qué va! Pues no sé, fue un despertar de conciencia que me vino en parte por lo de Silvio Rodríguez, por lo que él representaba a través de su obra: la búsqueda de la sabiduría y el mejoramiento espiritual, ético y estético, entre otras cosas; y también, por lo que hay a su alrededor, que es la gran literatura y la gran música. Fue todo ello lo que constituyó el campo de cultivo a partir del cual me fui desarrollando y haciendo mis propias búsquedas.
Terminás con honores los cuatro años del Conservatorio en Londres y empezás a dar conciertos en Inglaterra, España, Alemania, Italia. Ahora te vas a Holanda. ¿Por qué? ¿Te gustan los tulipanes y las vacas? – Bueno, porque allí está el maestro croata Dukic, de la nueva generación, considerado por algunos como el mejor guitarrista del mundo. Necesito aprovechar el punto de efervescencia en el que me encuentro actualmente. En el último año di en el Reino Unido diez conciertos muy exitosos sólo en dos meses, antes de venirme a Guatemala, y ese fue el resultado de las nuevas exigencias que me había trazado y que me han llevado a dar, si puede decirse, un salto cuántico en mi trabajo. No sólo en lo musical, sino en el plano de la conciencia, de las cosas que quiero lograr como artista.
¿Te interesa sólo la interpretación o pensás también en componer? – Pienso que la creación musical debe obedecer a un llamado, a una necesidad de hacerlo, y yo aún no la tengo.
Sin embargo, has hecho adaptaciones… – Sí, tal vez tenga ciertas inquietudes y las busco, pero es algo distinto. Porque componer música es algo muy serio, muy significativo. Tengo de la obra musical un sentido y un concepto bien claros, con ideales en los que no hay lugar para ligerezas. Lo que hago con mis interpretaciones es ofrecer una cierta lectura de lo que han hecho otros. Como el arte es polivalente, puede presentarse ante la percepción de mil formas. De allí la riqueza de las obras que, si tuvieran una sola lectura posible, pues sería terrible. Cuando toco, me siento conectado más con la fuente musical que con la guitarra, con el alma de una obra, más que con el instrumento.
¿Tu sensibilidad latina es una ventaja para la interpretación? – No lo veo como una ventaja, sino como un factor más. Ventaja será tal vez para los que no son latinos. Es cosa de complementariedad, como cuando a mí me gusta una chica polaca porque es distinta a mí, simplemente. En todas las culturas hay gente con sensibilidad, la cultura no es decisiva. Por ejemplo, el inglés Julian Bream, tocando la guitarra, para los españoles era una especie de sacrilegio o aberración y, sin embargo, los dejó con la boca abierta. Lo esencial es lo que se tiene que decir, más allá de la cultura y de los rasgos locales. Lo importante es qué calibre tiene el individuo, y qué tiene que decir a través de su foco de expresión, que en este caso es la guitarra.
¿Para finalizar, qué recomendarías a los jóvenes que andan en busca de su propia voz, de su propio camino? Sabemos que no hay fórmulas, pero ¿habría algún mensaje o consejo que transmitirles? – Sí, el mensaje es que sean fieles, que sean fieles a sí mismos. Pero este “sí mismo” consiste en saber quién eres tú, y esto hay que buscarlo mucho más allá de la superficie. El arte es un buen lente de interiorización para averiguarlo. Lo cual no se logra quedándose en lo superficial, en ese mundo que nos presentan los medios, pues allí lo que priva es la manipulación y las apariencias. El verdadero arte exige tiempo y disciplina para lograr una expresión auténtica. Es un llamado a ser mejor, a expandir lo que tienes. Pero ahora todo es rápido, de consumo inmediato, y eso va en contra del verdadero arte y de la verdadera búsqueda de sí mismo. Todos los grandes procesos tienen un tiempo. Y hay que saber degustarlos y darles su espacio y su tiempo. Todo arte te interpela y te pregunta: ¿quién eres? Es decir, te obliga a confrontarte con tu propia esencia y tu propia renovación, y eso es para mí la gran lección de la música. Yo aspiro no sólo a ser un instrumentista o un músico, sino a ser un artista en todo el sentido de la palabra, quien a través de su arte va a decir quién es. La angustia existencial de ser uno mismo, en este y en otros caminos, es grande, así que hay que pensar bien qué es lo que quieres hacer en la vida y asumirlo, con sus riesgos y dificultades. Y bueno, es una tarea de todos los días. ¡Uff! Bueno, pues creo que con esto ya tenemos bastante por hoy. Muy buena suerte entonces, y que te la pases bien. – Igualmente (risas).
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