Despojarnos momentáneamente de nuestra identidad como si de una vestimenta se tratara,
María Olga Paiz
Están los fanáticos en regla, aquellos de turbante, aleluya u obstinada militancia política. Y están también los radicales solapados, la jihad secular, que predican con ánimos exacerbados los peligros del dogmatismo y sueltan apasionadas diatribas contra la deformación intelectual y moral de los fanáticos. En su afán de distanciarse y distinguirse del fanático que todos llevamos dentro, estos cruzados del antifundamentalismo fácilmente se deslizan hacia el pozo ciego de la intransigencia.
En sus rostros puede uno ver encenderse el mismo arrebol redentor del mesiánico, la mirada afiebrada y el gesto crispado del sectario, ante temas de sobremesa como la guerra en Irak, la candidatura de un militar o los matrimonios gays.
¿Cómo escapar del autismo moral prevaleciente? ¿Cómo inmunizarnos contra la ceguera? En su libro Contra el fanatismo, Amos Oz, el escritor más destacado de Israel, responde: con humor e imaginación. Dos capacidades del alma que en este país tenemos un poco atrofiadas.
El problema es que para imaginar al otro, al fanático por ejemplo, y abrir nuestros ojos a las infinitas posibilidades debemos renunciar a nuestros aires de superioridad. Despojarnos momentáneamente de nuestra identidad, como si de una vestimenta se tratara, dice Oz. Pero precisamente aquí, donde constantemente nos quejamos de nuestra falta de identidad, nos hallamos en el brete de un apego desmesurado hacia ciertas ideas políticas o antipolíticas, religiosas o antirreligiosas que nos tatuamos a la piel como tantos mareros. Experimentamos el vértigo ante la sola posibilidad de asomarnos a la vida con una conciencia distinta. Y sin embargo, qué ironía, si lo evitamos y nos encerramos en el temor y la justificación autocomplaciente, acabamos contagiados de aquello de lo que buscábamos inocularnos. Paradojas de la vida.
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