Estimado Carlos: sé que te llamas Carlos Peña, pero nada más. No te conozco, ni sé tu segundo apellido, ni nada de tu familia ni de tu infancia, ni de dónde eres, ni cómo cantas, ni dónde estás compitiendo. Pero todo esto es secundario. Lo importante es que estás compitiendo, que ya estás en la final, que tienes seguridad, voz y talento, que en Guatemala todos hablan bien de ti y desean que triunfes. Yo también lo deseo. Quizá ni lleguen a gustarme o a interesarme tus canciones, pero tampoco eso importa. Lo que importa es que triunfes, porque luchas y te lo mereces. Y si no triunfaras, bastante triunfo es ya llegar a donde has llegado, estar compitiendo como lo haces, estar dando el ejemplo que das. Yo te aplaudo, te felicito, y me uno a todos los que te aplauden y te felicitan.
Dicen los que saben más que yo de esto, que uno de los aspectos más positivos de las elecciones pasadas es que han votado más jóvenes que nunca. Pues qué bien. Hay que suponer que, en términos generales, los jóvenes tienen más ilusión y menos malicia que los mayores. Y esto es bueno. La política es complicada, retorcida y turbia. Por eso la gente confía más en los jóvenes como tú, que en los políticos. Los políticos pueden engañarnos y hasta descarriarnos, si nos fiamos de ellos. Los jóvenes como tú no: tu mensaje es claro y esperanzado. Buena falta tenemos de claridad y de esperanza. Por eso te queremos y te felicitamos.
Agradece cuantos aplausos recibas, pero no te fíes mucho de ellos. Sé tú antes que nada. La fama es algo que viene de fuera, y así como nos la dan nos la quitan. No tengas prisa por ser un personaje, que eso te añadirá muy poco, y lo poco que te añada será siempre provisorio y voluble. Pero sigue empeñado en ser una persona, la persona que tienes que ser, la que estás llamado a ser, la que crece y se desarrolla a golpe de ilusión, de dolor y de prueba. Tampoco permitas que te conviertan en un ídolo. El ídolo siempre es un dios falso: un diosecillo, más apariencia que realidad. La idolatría es, por lo mismo, un falso culto, y los idólatras pasan con facilidad, sin razones profundas, de un culto a otro.
Perdóname que me haya tomado la libertad de aconsejarte. Si quieres, recibe mejor mis consejos como sugerencias, e incluso ni eso. Considérate libre como me considero yo. Todo lo que construyas constrúyelo sobre tu libertad, y desde ahí respeta, y hasta promueve, la libertad de los demás. Disiente y deja que los demás disientan. La disensión no siempre es guerra, y puede y debe ser sello de nuestra dignidad individual. Te deseo toda la suerte del mundo.
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