laColumna: Hoja de Vida
En tiempos de pena, los hombres se tornan a los ídolos. No a los dioses, vaya usted a saber. El ídolo es una imagen hecha por el hombre, a imagen del hombre. En él se depositan aquellos recursos del espíritu humano que el pueblo necesita para superar la adversidad y, por ello, se adora y se venera al menos por un tiempo. Después de todo talvez haya cierta sabiduría en esta práctica que se ha repetido a lo largo de la historia de las religiones, como puede constatarse en el libro La historia de Dios, de Karen Armstrong.
El jueves pasado por la noche mugieron bocinas, aullaron gargantas, estallaron fuegos artificiales, se brindó, se alardeó, se parrandeó el triunfo de Carlos Peña en Latin American Idol. Toda una alborozada bacanal que vio despuntar el día. Había razones para celebrar, a pesar de quienes insisten en señalar con objetividad que fuimos los guatemaltecos quienes, inducidos por la maquinaria publicitaria del concurso, llevamos a punta de billete al cantante a la final y al triunfo. Y es que nos llevamos en la subasta el ídolo del que, a juzgar por los millones pagados en mensajitos, teníamos tanta necesidad. El mundo nos conoce por guerras internas y genocidas, por asesinatos de obispos y de diputados salvadoreños. ¿Quién puede culparnos por querer comprar a Q 7 un poco de buena imagen de niño fresco, talentoso, esforzado y, sobre todo, triunfador? Joder, hay que agradecerle al patojo la audacia que nos permitió proyectar en él algo –que no tienen que ser las mejores cualidades para el canto: puede ser arrojo o empeño o tenacidad, carisma o buena leche, algo al fin– que nos permita querernos un poquito después de tanta y tanta vergüenza. Aunque sea bajo una luz ilusoria y escénica. La situación no está para regateo. Fue el triunfo de Carlos y de su peña, que fuimos todos. Agregar comentario: |
Más en esta sección
Mas enviados
Los más leidosLos más comentados |
8 comentarios: