Cuando conocí a Julio Hernández, lo único que a este le interesaba era llegar a contar una buena historia. Esto fue allá por mediados de los noventa y él hacía parte de un grupo de alumnos en verdad simpáticos y talentosos que me tocó en suerte encontrar en mi primer año como catedrático en la Universidad Rafael Landívar.
De todas las historias que me tocó leer en ese semestre, las de Julio eran realmente extraordinarias.
Una soltura narrativa envidiable. Un sentido del humor que rozaba el absurdo. Una sincera necesidad de recuperar la experiencia vivida. Intenté jalarlo para la literatura, pero ya en esos años su obsesión eran las imágenes en movimiento. Terminó de todas maneras escribiendo un excelente libro de relatos, Por el suelo, en donde ya se puede ver el germen de Gasolina, la película que lo ha situado por estos días en la primera plana de la prensa nacional e internacional.
Gasolina ganó la semana pasada los tres premios del apartado “Cine en construcción” del reputado festival de San Sebastián. La cinta se merece esos galardones y muchos más. Leí a fondo varias versiones del guión original y asistí a la proyección privada, luego de su filmación, y quedé sorprendido y cautivado. Primero, porque no es usual que, en estos tiempos de entretenimiento reinante, alguien apueste de manera tan decidida por el cine, rehuyendo toda manipulación efectista y sentimentaloide. Y segundo, porque tampoco es usual que, hoy en día, alguien nos cuente historias tan inteligentes, divertidas y, a la vez, profundamente conmovedoras.
Nadie como Julio ha sabido sintetizar, de manera tan lúcida y descomplicada, el vacío, el sinsentido, la asfixia, la desesperanza de los años de la posguerra en Guatemala. Gasolina es una película independiente en todo sentido. Independencia de la industria cinematográfica, por supuesto, pero sobre todo una gran independencia artística y de criterio.
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