El 22 de octubre de 1899, nació en la ciudad vecina de Sonsonate, Salvador Efraín Salazar Arrué, mejor conocido como Salarrué, quien dedicó su vida entera al arte, a las letras y la pintura.
Méndez Vides
El 22 de octubre de 1899, nació en la ciudad vecina de Sonsonate, Salvador Efraín Salazar Arrué, mejor conocido como Salarrué, quien dedicó su vida entera al arte, a las letras y la pintura. En sus inicios fue pintor, se formó junto al famoso caricaturista Toño Salazar, y a los 17 años se marchó a Estados Unidos gozando de una beca otorgada por su Gobierno. Tras tres años de vicisitudes retornó a El Salvador impulsado por la nostalgia y motivado por la lectura de las estampas costumbristas de Arturo Ambrogi, que lo motivaron a querer reencontrarse con su país y sus raíces.
Ya de regreso no consigue ubicarse como pintor, como era de esperarse, así que se dedicó al periodismo, donde empieza firmando como Salarrué sus colaboraciones. Las coyunturas lo empujaron a la Literatura, donde se convertiría con el tiempo en la figura más notable de los cheros.
En 1926 publicó su primera novela, El Cristo Negro, que transcurre en nuestro país y es fundamental para conocer el mito de la famosa imagen a donde concurren miles de creyentes peregrinos a diario. Un año más tarde aparece El señor de La Burbuja, obra con la que cobró notoriedad en el ámbito nacional. Don Rafael Arévalo Martínez elogió su obra anticipando que se encontraba frente a un autor extraordinario.
En la década de los treinta publica sus Cuentos de barro, cuyos primeros trabajos fueron apadrinados por Gabriela Mistral. Esta será su obra principal, la que se ha reeditado más veces y lo convirtió en el escritor más importante de El Salvador del pasado siglo. Pero a mí la obra que me interesa es la del Cristo negro, que relata el mito de cómo Quirio Cataño concibió la imagen impresionante y dolorosa del Cristo Negro de Esquipulas. La acción se sucede en el siglo XVI en Santiago de los Caballeros y en Jutiapa. Es la historia de Fray Uraco, un personaje que jugaba con Dios y con el diablo, impulsado por las circunstancias a la herejía, y a quien el pueblo castigó por haber destruido la imagen del Cristo crucificado de Jutiapa, obligándolo a experimentar en carne propia la pasión de Jesús. En procesión es conducido el fraile hereje hacia al calvario e inmolado en lo que hoy se llamaría un linchamiento popular. Jugando el papel de Cirineo, Cataño trata de ayudarlo. Allí se inspira para poder cumplir con la misión que le habían encomendado. El mito se resuelve y explica, por eso el sufrimiento de la imagen, porque en realidad corresponde al mismísimo Fray Uraco padeciendo el dolor más profundo de la tierra antes de ser ejecutado.
Una obra interesante que se lee de un tirón. Para quienes se interesan por nuestro pasado y los mitos.
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