La impunidad criminal se cierne nuevamente sobre nosotros, golpeando irremediablemente a una familia y a un amigo querido: Gustavo Dávila.
Juan José Narciso Chúa
Gustavo fue compañero de juventud desde las aulas del glorioso Instituto Nacional Central para Varones. Allí culmina sus estudios de bachillerato para luego pasar a la facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos, donde consigue su título de Médico y Cirujano, y a partir de acá desarrolla una larga carrera profesional, rescatando siempre el contenido social de la misma y tejiendo un esfuerzo permanente en la comunidad de Cuilapa, donde una cantidad considerable de madres manifestaron su entrañable agradecimiento a su trabajo como médico y a su actitud como persona.
Gustavo siempre se destacó por esa actitud especial con los amigos, con las personas. No regateó apoyo y esfuerzos por colaborar, no se arrugó ante la necesidad, no escamoteó ante la solidaridad, ni mucho menos sintió vergüenza por lágrimas legítimas y sentidas ante la adversidad de un amigo, familiar o conocido.
Magua, como le decíamos desde aquellos años en el Instituto Central, siempre fue de los amigos que buscaban amigos, de las personas incluyentes, de los que se solazaban con los encuentros programados y casuales, de los que manifestaban sin remilgos o arrugas su aprecio, cariño y admiración por otro amigo o compañero.
Los recuerdos de los años del Instituto vienen ahora en raudales: su espíritu positivo hacia la vida; su humildad conquistada en su hogar y familia; su actitud irreverente y bromista; sus dotes deportivas en el béisbol y el atletismo; su paso por los boy scouts; su amistad eterna con la Abuela, el Oso y el Ganso y más recientemente con Pistola, Choco y quien escribe, nos dejan un vacío imposible de superar y que hoy compartimos con su familia.
No puedo dejar de mencionar que hace menos de un mes celebramos tu cumpleaños 51 y disfrutamos no solo de una tarde entre amigos y familia, sino además gozamos de todas tus puntadas irreverentes y finas, ocurrencias y charadas tuyas que compartimos y refrendamos con nuestras carcajadas. Nadie podría sospechar, Magua, que sin querer nos estábamos despidiendo de vos, o vos de nosotros, y que nos íbamos a separar para siempre, casi sin sentirlo, casi sin saberlo.
Descansa en paz, amigo que la impunidad nos ha robado. Sin embargo, tu espíritu de alegría mantendrá un recuerdo imborrable entre todos nosotros. Adiós, Gustavo. Hasta siempre, Magua.
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