La madrugada del 11 de octubre, Eloísa Cardona se colocó en la espalda a Tania, de 10 meses, la menor de sus siete hijas, envuelta sólo con la seguridad que le daba el improvisado portabebés fabricado con una frazada. Hacía día y medio llovía en Las Morenas, una comunidad de 700 familias, en Ocós, San Marcos. “Nadie nos vino a sacar, salimos solitos”, dice sin poder evitar una risa nerviosa que estaría presente durante todo su relato.
Ha abandonado por un momento la vieja máquina de coser que hay en el portal de su casa, que parece estar en medio de una inmensa piscina natural. El río Pacayá anegó la comunidad. “Todos los años es lo mismo; uno termina por acostumbrarse, ¿a dónde vamos a ir?”, se pregunta mientras Augusto, de 5 años, el quinto de sus pequeños, se divierte cazando pupos que no podrá comer porque el agua está totalmente contaminada.
A escasos metros, un árbol de cahulote hace las veces de trampolín para otros niños que nadan en las antiguas calles del caserío. Eloísa hace cuentas que los conjuntos de falda y blusa que cose y por los que cobra Q20 contribuirán a la precaria economía familiar. “El maíz se perdió”, dice de las únicas dos cuerdas del grano de las que la familia esperaba obtener su segunda cosecha en noviembre. Las lluvias han afectado a 1,464 familias y 1,856 han acudido a los albergue en Ocós, según la organización Acción Contra el Hambre, que trabaja en la zona.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) distribuyó ayer 35 toneladas de harina fortificada, maíz, frijol y aceite.
Mario Figueroa, del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) de San Marcos, dice que antes de la emergencia hubo una tormenta tropical que terminó con 15 hectáreas de maíz y 16 de plátano. Las pérdidas han aumentado, pero el MAGA espera a que el nivel del agua baje para hacer una nueva cuantificación.
Los habitantes de Ocós suelen emplearse como jornaleros en las bananeras Dole y Chiquita, que se han asentado desde hace cinco años en el área. En promedio, poseen apenas entre media y una manzana de tierra que suelen sembrar con plátanos, maíz y ajonjolí para su subsistencia.
En Ocós, los niveles de desnutrición crónica alcanzan el 32 por ciento, en un departamento que tiene un 65.5 de pobreza, según el Instituto Nacional de Estadística.
A la pobreza y la falta de disponibilidad de alimentos causada por las inundaciones se suma otro factor tan grave o más que este: la contaminación del agua.
Aprendiendo a vivir
con el desastreHa comenzado a llover, con el lodo casi hasta las rodillas, Orfa Barrios, quien comanda una asociación de mujeres de 148 miembros en la colonia Los Díaz, parcelamiento Los Chiquirines, muestra los pozos artesanales que prácticamente desaparecieron.
El agua que se desbordó del río Pacayá inundó las casas y se mezcló con la de los pozos artesanales, letrinas y pozos ciegos. Por si fuera poco, el agua del poblado, que está a sólo tres kilómetros del mar, sabe a sal.
Los niños han comenzado a padecer infecciones respiratorias, fiebre, hongos en los pies y enfermedades gastrointestinales sin que hasta ahora hayan sido atendidos por el Ministerio de Salud, se quejan sus pobladores.
Pese a todos los riesgos que corren en la comunidad Las Morenas, sólo seis familias de 700 aceptaron abandonarla definitivamente.
Los desastres son frecuentes en la zona, que hace cuatro décadas era considerada área protegida y que poco a poco fue habitada. “Las riberas de los ríos Pacayá, Suchiate y Naranjo y las planicies que bañan a Ocós no son recomendables de forma alguna para ser habitadas”, explica Fabio Zúñiga, delegado de la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Sesan) en Ocós.
Como sus pobladores se niegan a abandonar sus casas, algunos programas han sido implementados por Acción Contra el Hambre. Estos consisten en enseñarlos a medir de forma artesanal el nivel del río, equiparlos de radio- localizadores y un centro de operaciones que alerta a las comunidades de la cuenca del río El Naranjo cuando el nivel aumenta. También han sido entrenados para evacuar y dar primeros auxilios a sus vecinos.
El PMA también intentará implementar un proyecto de preparación y mitigación de desastres en otras comunidades.
Mientras tanto, Eloísa, quien ha vuelto a su máquina de coser, sonríe y concluye: “Sólo Diosito nos cuida, sólo Diosito”.
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