Hay un clima atmosférico y un clima social; un calentamiento atmosférico y un calentamiento social. El calentamiento atmosférico suele traducirse en grandes tormentas, lluvias torrenciales, desbordamientos de ríos, deshielos de glaciares, inundaciones de ciudades y campos. El calentamiento social suele traducirse en rebeliones, guerras sin cuartel, ríos de sangre, muerte y exterminio. ¿Exagerado?
El domingo pasado vi por televisión dos programas que me gustaría relacionar. Uno giraba en torno a la destrucción masiva de juguetes de plástico que simulaban armas. A cambio, se instruía a los niños sobre las miserias de la violencia y se les entregaban juguetes orientados a una diversión pacífica. El otro consistió en una sesión de Libre Encuentro con los candidatos a desempeñar los cargos de Presidente y Vicepresidente de la República.
El programa fue bien llevado, en general se mantuvieron las formas, y en ambos casos se abordaron los problemas cuya solución se considera más urgente o importante.
Uno de los temas que se puso sobre el tapete fue el de la violencia y, lógicamente, el de la seguridad, que tan íntima relación guarda con ella. Me hubiera gustado oír una pregunta tan concreta como esta: ¿qué hará usted con todas las armas –portadas con permiso y sin él, probablemente muchas más sin él– que pululan por nuestras calles y nuestras ciudades como si fueran una epidemia? Al no haber esa pregunta, no hubo tampoco la correlativa respuesta. Que sí, que la violencia, que la seguridad, que la impunidad, que la administración de justicia, que la corrupción, que el narcotráfico, que la violencia otra vez, que la mano dura, que la mano blanda, que la inteligencia, que… Repito: ¿qué están dispuestos a hacer los candidatos con todas las armas que pululan por nuestras calles y ciudades, y con los ríos de sangre que tales armas producen? ¿Por qué espantarnos del arsenal que hace unos días se descubrió en la habitación de un adolescente, en Estados Unidos, país supuestamente guía, modelo y maestro para tantos?
Apenas empezado el primer acto de Bodas de sangre, de García Lorca, como en una premoción de lo que ocurrirá al final, dice la madre: “La navaja, la navaja… Malditas sean todas y el bribón que las inventó (…). Y las escopetas, y las pistolas, y el cuchillo más pequeño, y hasta las azadas y los bieldos de la era”. Tenía razón. ¡Malditas todas –desde las bombas atómicas, bacteriológicas y químicas hasta el más humilde apero de labor– si se utilizan para quitarle la vida a un hombre, a muchos hombres, a millones de hombres! ¡Y malditos los que las inventan, los que las construyen, los que comercian con ellas, los que las usan con un pretexto o con otro! La vida de todo individuo humano es sagrada en sí misma, y nadie tiene ningún derecho a menoscabarla ni a destruirla.
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