Actualidad: ReportajeEl alcalde cacique y los cadáveres exquisitosNo es posible desmantelar a los caciques sin que esta democracia estalle en pedazos. Por: Enrique Naveda
En tiempos de desamor por la política, no caben más que matrimonios de interés. Por eso, dos rutilantes caballeros cortejan con esmero a una princesa cuyo favor –piensan ellos– decantará de su lado la voluntad del soberano.
Sir Colom de los Caballeros y el barón Pérez de los Molinos pasan las noches susurrando serenatas desesperadas al pie del castillo, en cuya torre los alcaldes, de tiaras deslumbrantes, largas melenas y una flor casi deshojada, se dejan adular y cobran cada vez más presencia en un cuento en el que, según narran las historias de otros reinos muy lejanos, su aparición debería ser fugaz. ¿Significa eso que contemplamos en este momento de la historia el auge de los alcaldes? Si es así, ¿qué lo hace posible? ¿Es la consecuencia natural de la descentralización, o la perversa? ¿Qué sucede? ¿Qué se agazapa tras todo esto? ¿Qué seguirá? Ninguna de estas preguntas admite una respuesta sencilla. Para empezar, el hecho de que los dos candidatos estén buscando votos y que las cúpulas de los partidos hayan concedido libertad a sus bases, ha convertido a los alcaldes en el interlocutor más obvio para acercarse a la población y ha exacerbado temporalmente la fuerza de sus figuras. Los alcaldes, por su parte, piensan que serán mejor tratados si apoyan al futuro Presidente y aceptan ese trato de favor que, con insinuaciones, se les está ofreciendo. No obstante, arrastrados por el oleaje de los tiempos, los dirigentes municipales están alcanzando un auge aún más sólido y duradero. Políticos como Tono Coro, de Santa Catarina Pinula, lo atribuyen a que ahora se está descubriendo la fuerza del poder local, tras un largo período de dictaduras. Selvin García, de Pachalum (Quiché) y presidente de la Asociación Nacional de Municipalidades, opina que los jefes ediles han “despertado”: “El poder nacional radica en el local; y eso no lo sabíamos hasta ahora”. En FLACSO, la coordinadora de estudios sociopolíticos, Paola Ortiz, denomina “toma de conciencia” a este despertar y, entre otras razones, cree que se debe al trabajo de la Cooperación Internacional para capacitar a los líderes. La democracia, el globo y la iglesia En realidad, hay que retrotraerse un poco más: hasta 1986, según Juan Alberto Fuentes Knight, director del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales. Aquel año, Vinicio Cerezo tomaba las riendas de la Presidencia de la República y de la nueva democracia, y la Constitución establecía que un porcentaje de los fondos públicos sería ejecutado por las corporaciones municipales. Luego, a raíz de los Acuerdos de Paz y el objetivo de desconcentrar la administración para volverla más cercana a la gente, las arcas de los alcaldes se fueron llenando hasta alojar Q5 mil 896.5 millones en 2005, casi un 15 por ciento del gasto nacional. Pero como la dirección de un océano no la determina una sola corriente, concurren al menos dos razones más: la globalización y la iglesias neopentecostales. La globalización tiene, entre otros muchos, dos efectos: uno es que debilita el Estado – explican Edelberto Torres-Rivas y Pilar Cuesta en su libro ‘Notas sobre la Democracia y el Poder Local’– y el otro es que revitaliza lo local. “El regreso entusiasmado por la democracia local se origina en la creciente pérdida de la presencia del Estado… por efecto de las tendencias neoliberales”. “Y por su incapacidad para resolver una serie de problemas”, matiza Fuentes Knight. Si la globalización ha modelado una nueva economía y socavado el Estado, la tradición de liderazgo de las iglesias neopentecostales acentúa la pasión por los caudillos o los hombres carismáticos, que pueden arrastrar ríos de gente con un solo gesto, sin una sola palabra. En esto coinciden Jesús García-Ruiz, investigador de l'École des hautes études en sciences sociales, de Francia, y Eduardo González, ex secretario ejecutivo de la Presidencia. No solo eso, piensa Gustavo Berganza. Su Teología de la Prosperidad transmite que la forma adecuada de proceder es el individualismo y el sudor. Jamás la lucha política, grupal y meditada. Dueños y señores: Caciques Y es aquí donde el auge de los alcaldes se vuelve problemático. Desde tiempos de la Colonia, Guatemala ha sido un país personalista y caciquil, y su población, pese a llevar más de medio siglo eligiéndolos, todavía no se ha acostumbrado a mirar a los funcionarios como a sus servidores. El alcalde, que en su primer mandato es depositario del poder, con cada nueva reelección va sintiéndose más su dueño y, dada la naturaleza del ambiente local, se propende a la corrupción, el cacicazgo y el clientelismo, explica Torres-Rivas. Luis Linares calcula que la mitad de los alcaldes son caciques de pueblo. Al elevar al trono municipal al caudillo, no solo se reproducen todos estos vicios, sino que los legitima un voto que en muchos casos es espurio porque no es político. Y las leyes que regulan el ámbito municipal son tan escasas y depauperadas que los alcaldes no tardan en dominar el Concejo Municipal o los Consejos de Desarrollo, dos instituciones que deberían contrarrestar su fuerza, lamenta González. Él recuerda cómo, a los seis meses del mandato como alcalde de Óscar Berger, toda la oposición se había alineado. Paola Ortiz ha entrevistado a muchas alcaldesas en el interior. Mujeres que tienen una extraordinaria vocación de servicio público pero no entienden que la solidaridad, el patrocinio, es pernicioso cuando se está en su cargo, dice; y regalan alimento en mera repetición de lo que se ha hecho durante siglos. “Fortalecerlos no consiste en darles más recursos, sino en darles educación y fiscalizarlos”, reclama Ortiz. El temor El temor de los especialistas, más que el caciquismo mismo –ya antiguo–, es que los caciques se agranden mientras reina la ilusión de estar descentralizando el Estado. Si el presidencialismo desmedido no es lo mismo que un Poder Ejecutivo muy condensado ni tiene aires de Estado fuerte, como escribe Torres-Rivas, entonces el “alcaldismo” no equivale a una gestión municipal adecuada. No obstante, interpone Paola Ortiz, los caciques son sumamente fuertes y fundamentales para sostener el sistema. Porque los habitantes –casi súbditos– exigen magnanimidad y mecenazgo. Y porque los partidos políticos, desvalidos ante la contienda, precisan de ellos en su campaña electoral, los usan como un imán de votos y también como el símbolo de su poder de atracción (“Incluso quien no estaba con nosotros ahora nos apoya”, parece ser el mensaje). ¿Podemos desmantelar los cacicazgos y que esto funcione como una democracia?, se pregunta Ortiz. Y se responde: “Yo creo que no”. Y le responde Eduardo González: “Hay que escoger entre un mal y el otro”. Fortalecer al cacique como un primer paso para descentralizar o que todo siga igual. “Pretender un cambio cultural antes que uno real es iluso”. Y responde también el libro de Edelberto Torres-Rivas: Lo más frecuente es que el régimen se vuelva democrático y paulatinamente se vaya afianzando en la población. “Las posibilidades de lo local son importantes para quienes creen más en la participación como valor democrático”. Pero el interés surgido por la democracia municipal parte de “una realidad que encierra un olvido: que el antónimo de la democracia local no es la democracia nacional, sino la local corrompida, lo autoritario-local”. Cadáveres exquisitos En la Francia de principios del siglo XX, los creadores surrealistas solían jugar a componer poemas o dibujos grupalmente. La gracia consistía en que cuando uno trazaba unas líneas o escribía un verso, ignoraba lo escrito por los participantes anteriores. Al final, el conjunto solía ser cómico o lúgubre, pero casi invariablemente exento de interés y de alma, y por eso todas sus partes eran sustituibles. A este tipo de composiciones se le llamaba “cadáver exquisito”. Un siglo después, la estructura se repite con un carácter menos lúdico y más decisivo en los veniales partidos del sistema partidista más volátil del continente. Las agrupaciones políticas guatemaltecas no solo son esqueletos desmoronados, a decir de los expertos, sino más bien cadáveres exquisitos cuyas partes, miembros, diputados, solo están ahí para hacer bulla alrededor del caudillo. Y por eso, con la decrepitud de su cabecilla o el desprestigio tras ejercer el poder, comienza a gestarse su desaparición. Ni un solo partido en Guatemala tiene más de 20 años, subraya Gustavo Berganza, y eso impide que se consoliden las identidades políticas, se creen adhesiones ideológicas y las agrupaciones no precisen el imán del cacique para atraer votos. En Honduras, los dos partidos fuertes tienen más de un siglo, y la única vez que un miembro pasó al otro se encendió un escándalo, recuerda González. Desorden, subversión Pero en Guatemala el raquitismo de los partidos no es nuevo: nace de una estirpe de dictadores que, al contrario que otros latinoamericanos de su calaña, fueron prepolíticos primero, y luego antipolíticos, explica Edelberto Torres-Rivas, de FLACSO: “Creían que la política es desorden y subversión. Le atribuían males que no tiene”. Guatemala, recuerda el economista Juan Alberto Fuentes Knight, arrastraba un pasado en el que había sido despreciada y los grupos empresariales, el Ejército y la Iglesia pesaron especialmente. A diferencia de en el resto de países, en la República nunca los partidos trasladaban las reivindicaciones políticas. Lo hacían las cámaras patronales, los generales o los prelados, y dificultaban la creación de los partidos. “Con la excepción del MLN”, apunta Torres-Rivas. Una agrupación cuyo declive, sin embargo, ya estaba cifrado en la misma idea de su nacimiento: el anticomunismo. A su decadencia seguirían la desaparición del PR y, ya en las últimas elecciones, la sepultura del que muchos consideraban el último partido verdadero –la Democracia Cristiana Guatemalteca–, el postrer superviviente de aquel trío. Y además sucedió la guerra, y la contrainsurgencia, y aniquilaron “una generación de cuadros, líderes, ideólogos y militantes, un ‘estilo’ de participar en la vida pública”; y también sobrevino el discurso contra las ideologías, el pragmatismo. Aquellos líderes caídos, los mejores, habrían sido hoy los encargados de dirigir la política nacional, repasa Fuentes Knight. Y las ideologías, la guía, el programa, el telescopio para ver a largo plazo. El aglutinante impersonal y duradero de un partido. El abono para sus bases. Las vagas instrucciones para distinguir a los uno de los otros. Las redes de vergüenza para impedir un transfuguismo que (a la vez causa y consecuencia de que los partidos no se consoliden, que vuelve intercambiables todas sus partes, como pedazos de un cadáver exquisito) no preocupa demasiado. Casi la mitad de los alcaldes reelectos lo consiguieron con un partido distinto al anterior, recalca Luis Linares, de Asies. “¿No da igual que se cambien de partido –apostrofa Paola Ortiz-, cuando los partidos nada representan?” Arnoldo Medrano, alcalde de Chinautla, Guatemala. Tomará posesión del cargo por quinta vez. ¿Cinco veces electo, sin importar el partido? – En Guatemala, los partidos no son lo más importante. El liderazgo lo es. La primera vez ganamos con 133 (votos de diferencia), la segunda con 3 mil, la tercera con 5 mil, luego con 8 mil 500. Y ahora con 11 mil 500. Y vamos por la sexta. Imagino que muchos en Chinautla llegarán a buscar su patrocinio. Como usted es una persona pudiente y dijo que redondea Q80 mil al mes… – ¡Olvídese! Nosotros pagamos hasta las cajas de muerto, operaciones y tenemos mucha relación con la gente. Podemos reunir 6 mil personas. ¿En qué partidos ha militado? – Yo me inicié en la URD-FUR, de Colom Argueta. Luego ganamos con la DCG, y con el PAN, y ganamos con la Gana y ahora con la UNE. Usted se declaró socialdemócrata. ¿Me puede citar los principios de la UNE? – Pues yo diría que los principios van sobre la base social de la gente, que estamos en deuda con la población. Entonces esos principios van en lo social sin llegar a extremos… Aquí es de respetar al que tiene… Pero el que más tiene, debería de aportar más para poder llevarle a esa gente que tanto necesita… ¿Y la Gana? – Un partido de derecha que defiende los intereses de un grupo empresarial. ¿El PAN? – Igual. ¿Por qué ha pasado por partidos tan distintos? – Es la coyuntura, ¿verdad? Si usted es amigo del presidenciable (no ideológicamente), consigue más proyectos para su pueblo. Y cuantos más proyectos, más fácil reelegirse. – Si Colom llega, tenemos muchas posibilidades para nuestros pueblos. Si llega el otro señor –lamentablemente no hay mucha relación con él–, entonces haríamos lo que se pueda con los aportes constitucionales y los ingresos propios. Y ¿por qué escogió a Colom y no a Pérez? – Porque regresamos a nuestra raíz. Crecí a la sombra de Colom Argueta y la UNE va por ese camino social, democracia. O sea, la coyuntura ya no le importa tanto… – El tema ahorita es que regresamos a nuestras raíces. En el partido nos sentimos bien y esperamos que el ingeniero gane y se esfuerce por componer el país. Y si no lo hace, pues sencillamente cambiamos de rumbo, porque aspiramos a que haya más salud, educación… Discurso de un cacique El fenómeno caciquil se ilustra con la anécdota del cacique de Motril, en Granada (España). Cuando llegó el resultado de las elecciones, se lo llevaron al casino del pueblo. Lo hojeó y, ante los expectantes correligionarios que lo rodeaban, pronunció las siguientes palabras: “Nosotros, los liberales, estábamos convencidos de que ganaríamos las elecciones. Sin embargo, la voluntad de Dios ha sido otra. Al parecer, hemos sido nosotros, los conservadores, quienes hemos ganado las elecciones”. Fuente: Wikipedia Agregar comentario: |
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