laColumna: Viaje al centro de los libros“Pecado nefando”Eran “patojos sanotes y obedientes”, discípulos de la Teología de la Liberación, entrenados con actitud de kamikazes, porque debían mantener el “corazón puro, cabeza clara y puño combatiente”. Por: Méndez Vides
Eran “patojos sanotes y obedientes”, discípulos de la Teología de la Liberación, entrenados con actitud de kamikazes, porque debían mantener el “corazón puro, cabeza clara y puño combatiente”.
Pero un día el jesuita Luis Pellecer los traicionó, tras su secuestro y tortura que duró tres meses apareció en la tele desenmarañando la conspiración, y su delación provocó la muerte y desbandada de las muchachas del Belga, la Asunción, y los del Liceo Javier y el Don Bosco que se habían comprometido con la causa revolucionaria. El martirio de tantos patojos se ha ido borrando con los años, y en Pecado nefando, el libro memorioso de Mario Loarca, resucitan muchos de sus nombres, el de los famosos y los apodos de los desconocidos que pasaron sin pena ni gloria. Como el de la Chuchi, una jovencita mexicana que se unió a la revolución salvadoreña y pereció en un ataque al cerro de Guazapa cuando fue bañado con Napalm. El de Manzanita, el seminarista gay repudiando por los jesuitas, que murió en la Ofensiva Final en El Salvador. Pecado nefando es la historia novelada de un joven quetzalteco, cuyos orígenes se extienden a Chiantla, que en 1974 se vino a la capital para realizar sus estudios universitarios en la URL. Pronto resulta ayudando en el proyecto jesuita de la zona 5, que gradualmente se ve más y más involucrado en la guerra armada, en la medida que algunos de sus participantes se comprometieron. El personaje ingresa al seminario, y le corresponde vivir los años más difíciles del conflicto armado en una institución que se identificaba con la insurrección. Va a El Salvador, donde se prepara para sacerdote, y presencia los crueles acontecimientos. Va a Panamá y a México, donde estudia en la Íbero, mientras acude a las colonias del Ajusco a realizar obra social. La obra lleva un orden confuso, como un diario traspapelado donde solo manda la memoria, y está escrito en segunda persona, como si el narrador estuviera obligándose a sí mismo a enfrentar los acontecimientos, yendo de abajo para arriba, en medio de una confesión pública que es fiel testimonio de su época. El protagonista es un ejemplo del fin de la utopía. Reacciona ante la doble moral de la revolución y de la Iglesia, no acepta indoctrinación y se aparta de la lucha y renuncia en España a la vida de fraile, buscando la felicidad: “Renacer, romper las ataduras y poder integrar tu personalidad”. No olvidará jamás cuando se le planteó el principio del pecado social, porque tenían que devolver los privilegios de sus padres a los pobres. Y el otro pecado nefando, el del placer que se inhibía pero expresaba en breves relaciones homosexuales permitidas mientras no se hicieran públicas. El protagonista renuncia a la Congregación y se queda viviendo en Europa, pero un día retorna a Guatemala, y pronto comienza a remorderse por “la tentación de romper amarras y largarte del paisito mugriento”. Pero no es posible, porque el país lo lleva clavado por dentro, y la angustia será permanente. Agregar comentario: |
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