La celebración para el artista nacional en memoria de los muertos.
Eduardo Velásquez
Hace algunos años estuvimos en Lima, la vieja Lima, en la República de Perú, el 31 de octubre, previo a la celebración en Arequipa del XXIV Congreso Latinoamericano de Sociología. En aquella oportunidad pudimos gozar de las delicias de la música criolla de Perú, precisamente un día previo al de los Santos Difuntos. En Perú se celebra el día de la música criolla y las peñas y los lugares de diversión no se alcanzan para dicha celebración. Desde Barranco a Miraflores en la Lima Metropolitana de hoy. Es el día en el que se recuerda a músicos y compositores peruanos; la música de la Jarana. Por ello, ese día se escuchan especialmente las composiciones de excelsos compositores criollos desde Augusto Polo Campos hasta la internacional Chabuca Granda. No son pocos los peruanos que de estos lugares salen al despuntar del alba buscando el recuerdo de sus seres queridos en los distintos cementerios del país.
El 27 de octubre se celebró en Guatemala el Día del Artista Nacional, en una fecha emblemática que nos recuerda la trágica fecha de 1951 en la que perdieran la vida, en un trágico accidente aéreo en Petén, destacados miembros del arte nacional, entre los que se recuerda a los músicos de la orquesta de Salomón Argueta, el pianista Mario Lara, el destacado compositor Francisco Paco Pérez, diversos cantantes famosos y locutores conocidos, entre otros, además de la tripulación completa de la aeronave siniestrada. Estaban retornando de una presentación de las muchas que impulsaron para dignificar al artista nacional los gobiernos revolucionarios, desde los años de Juan José Arévalo hasta el Gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. Radio Universidad tuvo a bien recordarnos detalles de ese trágico evento; el propio día conmemorativo.
De las redes de la memoria emergen los recuerdos que su viva voz relataba en aquel día trágico cuando la función del cine fuera interrumpida, para dar la infausta noticia. Era mi madre, un año previo a su casamiento. Con gran detalle hacía la crónica del accidente que nos arrebatara a la crema y nata del arte nacional de aquellos años. Y de allí, se acumulan los recuerdos de los difuntos nuestros que ya no están. Y todos se vienen como una catarata que mezcla canciones, fiambre y recuerdos de los abuelos y abuelas que los formaron y que nos formaron. De los hijos y de las hijas ausentes. De los hermanos y de las hermanas que no volverán jamás. De los tíos y de las tías que nos amaron como hijos suyos. Veo al abuelo –que por cierto se llamaba Santos Francisco– pulsando la guitarra mayor para cantar a todo pulmón Lima, mi vieja Lima. Oigo a las hermanitas Vivanco (Martha, Hilda y Olga Carrera Samayoa) cantar Luna de Xelajú. Pulsa por enésima vez la lira el guitarrista mayor de la familia, Carlos Enrique el Chino Carrera Samayoa, para regalarnos Tristezas Quetzaltecas a la viola. El filósofo del Derecho Internacional, mi hermano José Fernando, inicia los acordes de las Simples Cosas. La abuela Martha Florencia viene acercándose con aquel plato de fiambre, que concluía después de varios días de trabajo y de visitar el cementerio. El fiambre está instalado en el centro de la mesa del comedor y el sabor está de padre y señor mío.
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