Manoseada, pervasiva, leucémica, proliferante metáfora, sucia moneda de cambio en los flujos discursivos, Pamela Anderson de las coartadas políticas: el terrorismo como alibi rosado que los jefes de Estado utilizan ya sin pudor para perpetrar los peores (es decir los propios) terrorismos. El caso de Pakistán, el caso de Musharraf, quien soltó bradburyanamente sus sabuesos mecánicos a hurgar tal imprenta y abolir tal canal, en nombre de la democracia (“aumento visible de las actividades de los extremistas”). Pero la democracia –si entendemos por democracia a Condoleezza Rice– no mira a Musharraf con ojos buenos, esta vez. En el mar de los financiamientos, la indignación empieza a derramarse (La Haya).
Sépase aquí que la prensa es un enemigo en diferido: el auténtico, directo rival siendo el Tribunal Supremo, y su cohorte de abogados. ¿Cuánto tardará esta situación? “Lo que sea necesario”, se ha dicho, y para mientras, hay un cruzar de furgonetas por las calles convulsivas. La cantidad de arrestos (“preventivos”) es horrífica.
Cuando un líder da un segundo golpe es que ya se trata de un dictador. A base de trituraciones, Musharraf ha engendrado un picadillo político que no admite nomenclaturas, que no se adapta a ningún orden, que no cuadra con ni mierda.
Con la Constitución en llamas, y la Bolsa en crisis, el repudio de sus aliados, y un afianzarse de todos los maximalismos, no puede esperarse mucha conmiseración para Musharraf por parte de la historia. Queda demostrado cómo las compensaciones in vitro terminan siempre siendo tiros por la culata. Es como una cuarenta y cinco olvidada en una mesa rodeada de ishtos. Algunos muy ansiosos por enviar a sus vecinos encíclicas nucleares, por demás. Es parte de lo mismo, parte de lo necesario, dirán.
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