La música de la guitarra, arañada con sentimientos nostálgicos, la tristeza suplantada con una media sonrisa, el octavo de alcohol a medio consumir y la mirada perdida en el cielo raso de la cantina. Su forma de comportarse denotaba una abismal depresión, cada día de muertos recordaba todo lo familiar perdido. Sobre la mesa de pino rústico un plato ralo de fiambre con lo poco que se puede comprar hoy se queda a medio consumir. Las lágrimas secas y saladas surgen de sus ojos vidriosos, lentamente termina la otra mitad del octavo (irónicamente) etílico. La soledad lo embarga y sale a escupir a la calle con el sol picante e inmisericorde, solo por la vida vuelve sus pasos hacia el cerro, sin ser Zaratustra recuerda de vez en cuando a las personas.
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