laColumna: Hoja de vida
La semana pasada estuve en Miami, ese gran mall latinoamericano donde mexicanos, argentinos, colombianos y chilenos, salvadoreños y guatemaltecos con plástico suficiente llenamos bolsas y valijas. Ese es el sitio al cual los que pueden van a cumplir con el deber ético en la sociedad moderna de consumir.
Desde que la producción en masa hizo necesario modificar la ética puritana del trabajo con la cual se construyó Estados Unidos –que ya no necesitaba tanto de obreros como de consumidores– comprar se ha convertido en la expresión más refinada de la democracia económica y de la autonomía personal. Una sociedad que como la norteamericana aumenta cada día sus ofertas de consumo fomenta, según el credo capitalista, la libertad de elección del individuo. Y claro, en tamaño centro comercial los ávidos consumidores nos sentimos poderosos y libres hasta el vértigo: podemos escoger entre millares de objetos, estilos y marcas y precios, pero no cuestionar qué nos mueve a comprar y comprar cosas innecesarias, inútiles a veces. ¿Por qué nos quema la necesidad de adquirir lo mismo que nuestro prójimo o sentimos la urgencia de llevarnos un bien que escasea o parece de momento ser apetecible para los demás? Demasiados escaparates reales, virtuales o impresos para engolosinar la vista hacen imposible concentrarse en la respuesta a esas interrogantes. Aunque somos de la periferia, hemos asimilado bien el mensaje que mueve al sistema sobre un bienestar que se mide de acuerdo al volumen de compras. Y como buenos acólitos vamos a las tiendas a cumplir lo que reza el mandato. A las vitrinas del gran mall ya había llegado la Navidad con sus ofertas. También habían empezado a aparecer por ahí publicaciones y consejos sobre cómo evitar que las finanzas personales y la salud sufran las consecuencias de cometer excesos en estas épocas. Vaya cinismo. Agregar comentario: |
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