Cada vez que leo la columna de Carlos Alberto Montaner me convenzo más de que su triste imposibilidad para destruir a la Revolución cubana cada día se aleja más. Montaner recurre a las mentiras más simpáticas. No dudo que Biscet exista, sin embargo, sí dudo de todos esos vejámenes que, dice Montaner, tuvo que soportar el médico. Me gustaría que pudiera dar pruebas irrefutables de lo que afirma, pues sus palabras, para muchos, ya son peroratas esquizofrénicas y resentidas. Cuando habla pestes contra Cuba nunca aporta datos infalibles, lo cual lo convierte en un loro parlanchín, como el alter ego de cierto columnista. Más bien, sus alegatos siempre llevan el dejo de la desesperación, por ver que no ha podido servirle bien a su amo del norte, como siempre añoró.
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