Opinión:
Con las amenazas de paro y aumento del precio del pasaje vienen a la mente las gestas de 1978, cuando la consigna levantada por las organizaciones sociales –“cinco sí, diez huelga”– hizo retroceder a empresarios de buses urbanos y al Gobierno dictatorial de Lucas García, dejando el precio de cinco centavos, pero con saldos trágicos para las organizaciones. Fue hasta la dictadura de Ríos que se subió el precio a 10 centavos. En 1994 las movilizaciones le costaron la vida al estudiante Mario Alioto López cuando la Policía, después de balearlo, lo asesinó a golpes. De esa época para acá, el aumento ha sido de un 1,000 por ciento, y ahora pretenden que se autorice un 200 por ciento de aumento, se mantenga el subsidio, y seguramente pedirán exoneración de multas a final de año.
Desde hace 11 años, los gobiernos les han pasado más de Q150 millones anuales, provenientes de nuestros impuestos, y los mismos transportistas dicen que venden más de 2 millones 400 mil boletos diarios; como nunca dan boleto, estamos seguros que esa cantidad llega a más del doble, pues se trata de más de un millón de usuarios. Los transportistas urbanos siempre han sido como el azadón, y lo seguirán siendo hasta que no se cree una empresa única municipal y los mande con sus chatarras a freír niguas a otra parte, para que dejen de succionar los recursos del Estado, que les ha permitido enriquecerse prestando un pésimo servicio y pasar por sobre la dignidad de quienes hacen uso tres, cuatro y hasta cinco veces diarias del servicio de transporte, pagando en las noches entre dos y cinco quetzales –o lo que se le ocurra al piloto y ayudante– con el visto bueno de los empresarios. Como bien lo dijo Edgar Guerra, representante de los usuarios del transporte, a elPeriódico, “el subsidio es algo coyuntural, pero mantenerlo durante 11 años, como en el caso de Guatemala, se vuelve una enfermedad. El 80 por ciento de los buses urbanos son obsoletos y su mal estado provoca que consuman más combustible”. Según él, con los más de Q1,340 millones que han recibido, los buses deberían tener hasta aire acondicionado. Cargar sobre los hombros de los usuarios un nuevo aumento es atentar contra el bolsillo de los más necesitados, que ya sufren el impacto de la inflación y el estancamiento y deterioro del salario. Si el aumento se da, hay que esperar la reacción de los barrios populares, pues no se trata sólo del precio del pasaje, sino de las repercusiones que este alza tiene en la inversión para la comida diaria. Cuando el hambre aprieta el ser humano, con justa razón, es capaz de todo para por lo menos mitigarlo. Agregar comentario: |
Más en esta sección
Mas enviados
Los más leidosLos más comentados
|
6 comentarios: