Una de las afirmaciones bíblicas que no dejan margen para la duda o la interpretación es que los designios de Dios son inescrutables. Si esto es así, y parece que así se acepta, no se entiende por qué tanta curiosidad y tanto afán por escrutarlos. Escrutarlos aquí puede valer lo mismo que destazarlos y diseccionarlos minuciosamente: es decir, reducirlos a polvo. El hombre por naturaleza desea saber.
Pero ¿hasta dónde puede o debe hacerlo? ¿No fue esta, según el Génesis, la razón del fracaso original?
Dice Michel de Montaigne en uno de sus ensayos: “Bástale creer a un cristiano que todas las cosas vienen de Dios aceptándolas con acatamiento a su divino e inescrutable saber, para tomarlas por el lado bueno, sea cual sea la forma bajo la que le sean enviadas”. Da la impresión a veces de que aquellos que dicen o suponen tener más fe son los que actúan más en contra de ella. La fe auténtica solo es concebible y practicable en el puro abandono, en la pura desnudez y a la pura intemperie. Lo que se nos tenga que dar se nos dará gratuitamente y por añadidura. Si la fe es un don de Dios, cualquier mérito nuestro se reduce también a un don de Dios. Ante esta perspectiva, lo primero que sobran son los calificativos y los epítetos sobre Dios mismo.
Montaigne sigue: “Mas estimo perjudicial esto que veo de ordinario, que es intentar reforzar y apoyar la religión con la ventura o prosperidad de nuestras empresas”. Claro. Y así ocurre que cuando nuestras empresas no son venturosas o prósperas, la fe se tambalea y entra en picada. “Tiene nuestra fe muchos otros fundamentos –continúa– sin necesidad de otorgarle autoridad por los acontecimientos; pues existe el peligro de que la fe del pueblo, acostumbrado a esos argumentos plausibles y propios de su gusto, se derrumbe cuando los acontecimientos sean a su vez contrarios o desfavorables”. Job es un buen ejemplo en este sentido. Pero algo que los pastores no suelen decir ni, por consiguiente, los fieles saber, es que precisamente Job no era judío ni cristiano.
“Había en tierra de Hus –comienza el libro referido– un varón llamado Job, hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. La nota a pie de página de Nácar Colunga aclara: no se conoce la patria precisa de Job. Solo podemos asegurar que fue árabe, pues en el v. 2 se dice que era grande “entre todos los orientales”. Es frecuente oír decir a los pastores que solo Dios lo sabe y lo puede todo, pero al mismo tiempo siguen hablando como si quienes lo pudieran y lo supieran todo fueran solo ellos. Así la desorientación de los fieles está servida. Cuando lo que realmente se deduce del libro de Job es que antes que católico, evangélico o budista, lo que el hombre necesita ser es “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. (Job 1, 1).
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1 comentarios:
Alfredo Rhudrikch: (2007-11-21 23:21:17 horas)
Hola don Amable, es mi deber moral, enmendarle "las planas" en su articulo, porque comete crasos errores de carácter teológico y filosófico; la razón del "fracaso original" como Usted lo llama, biblicamente de ninguna manera tiene "etiolgía gnoseológica"; por otro lado, con todo mi respeto para el "ilustre ensayista" don Michel de Montaigne, su ideas relacionadas con el tema son mas bien de "lega teología cristiana"; con relación al "Libro de Job", según las últimas investigaciones hermenéuticas no es un "relato histórico" sino mas bien "alegórico" y lo de "integro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal" es lo que en epistemología y lógica se llama "no-axioma", "no-postulado", tampoco "teorema" ni mucno menos una "ley", integro y recto lo será segun el tratadista, temeroso de Dios? que dios? cual, quien y porqué?, apartado del mal? que mal? el del concepto del tratadista?; y lo más importante: "el hombre no puede o no debe saberlo todo" ? ? ? wow, eso se llama "dogma", o mejor será "dogmatismo" ?, la "inquisición" en el siglo XXI? WoW; con todo respeto, muchos saludos y a sus ordenes,...
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