El sábado 17 de noviembre de 1917 tembló fuertísimo en la ciudad de Guatemala y en los alrededores.
María Elena Schlesinger
Pasada la medianoche, la ciudad estaba ya desierta de ruidos, cuando violentos temblores comenzaron a sacudir la tierra.
Temblaron los muros de adobe y bajareque de las casonas coloniales y cayeron al suelo las polillas de los tejados de madera. Las grandes camas victorianas y los grandes armarios con espejos de luna crujieron y los líquidos amarillos nocturnos se salieron del cauce de las bacinicas. Había que vestirse, ponerse el calzado, el saco de jerga negra y el chal de lana para salir a la calle, porque esos temblores ya no eran como los de la semana pasada, de esos que no asustan, que dicen que son por cambio de tiempo o para espantar el aburrimiento que florece en Guatemala.
Fue aquella noche, ya en la calle, cuando el abuelo dijo que al día siguiente llegaría. Justo a colocar aldabas en las paredes para amarrar con mecates los armarios de la casa. “Con estos temblores, dijo, mejor será no morir aplastados como ratas debajo de algún armario, y volvió a meterse a su cama, diciendo que ni un terremoto lo volvería a sacar de su cama.
Un nuevo sismo volvió a sacudir la tierra esa noche. Mi abuelo, no salió de su cuarto. De las vecindades comenzaron a salir las mujeres con los niños a tuto. Los hombres con lámparas en la mano y los niños llorando con cara de susto. Los abuelos hablaron de malos presagios.
Uno de a la vuelta gritó que todos se alejaran de las cornisas, de los tejados y que no se recostaran en las paredes, por lo que la gente comenzó a caminar con sus pequeños tanates de ropa a los atrios de las iglesias o a los sitios baldíos. Había gente muy asustada en la Plazuela de San Sebastián, en las faldas despobladas del Cerrito del Carmen, en la Avenida del Hipódromo y la Plaza Central. Mucha gente pasó la noche dentro de sus carruajes sintiendo cómo la tierra se agitaba en brinquitos. En aquella noche fría y despejada del 17 de noviembre, se contaron cuatro fuertísimos temblores.
Al día siguiente cayó día domingo y todos comentaban en la misa el susto de la noche anterior y de las grietas y rajaduras que había dejado el sismo. Muchas cornisas estaban tiradas en el suelo y grandes rajaduras habían lacerado las paredes de las viviendas más pobres de la ciudad. Las casas más afectadas fueron las de la Villa de Guadalupe y algunos caserones viejos del barrio de San José.
El día lunes por la mañana, el señor presidente de la república, don Manuel Estrada Cabrera citó al comité de festejos para la celebración de su cumpleaños y les dijo que por causa de los temblores cancelaba las manifestaciones públicas en su honor, tanto las Minervalias del hipódromo como los bailes, carreras y ferias organizadas en la llamada Ciudad Estrada Cabrera, hoy Guarda Viejo zona 8. Lo que no sabían nuestros antepasados, que estos temblores no eran más que el preámbulo de la catástrofe.
En el gran terremoto, lo único que no se vino al suelo en la casa de mi abuelo, fueron los grandes armarios que habían sido amarrados a las paredes. A él casi le cae el tejado encima por no querer abandonar su cama.
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