Cuando los hombres se comprometan a no ejercer ningún tipo de violencia y lo cumplan, cuando la sociedad la condene y actúe en consecuencia, entonces tendremos la paz que merecemos.
Anamaría Cofiño K.
Los hombres no son violentos por naturaleza, son producto de una sociedad que los educa así.
Desde la infancia se les enseña cómo ser y conducirse, y este patrón de masculinidad incluye la agresión y el uso de la fuerza para un ejercicio temprano del poder.
Desde la cuna se construyen los pilares del sistema que impone que unos tengan todos los privilegios y las otras todas las desventajas. Sobre esas bases descansa un viejo orden que establece cómo debemos ser mujeres y hombres según la jerarquía: nosotras débiles y sumisas, ellos como dueños y señores. Todo lo contrario a justicia y equidad.
Sin el uso de la fuerza, la dominación no existe. Y sin ambas, este régimen de desigualdades se vendría abajo. Históricamente la estrategia ha sido construir una ideología tal que nos convenza que esto es lo bueno y lo normal, que siempre ha sido así, por creación divina.
Una de las ideas más propaladas en torno a la violencia es que es un atributo inherente de los hombres, sin el cual su virilidad estaría en cuestión. Con ello se justifican desde los golpes e insultos cotidianos hasta las guerras. En Guatemala hay una tradición de violencia que se ha sostenido sobre argumentos como la mano dura y su brazo armado, la represión. En el habla popular, en las imágenes y símbolos que nos identifican, las armas, la sangre y lo masculino contribuyen a conformar una cultura que incorpora y reproduce la violencia.
Las cifras que demuestran la crueldad que se enseña contra las mujeres cada día en este país son apenas una de las pruebas de cómo el Estado mismo es actor de esta barbarie al no cumplir con sus obligaciones como garante del bienestar, al ignorar las demandas de las mujeres y no respetar los pactos signados. En muchos otros aspectos, el Estado también es cómplice o simple testigo mudo.
En todo caso, es quien tiene en su poder detener todos los actos de discriminación contra las mujeres, solo es cuestión de voluntad, más que de recursos económicos. Soslayar la impunidad ante el feminicidio es un crimen, su indiferencia o incapacidad son inexcusables.
Las feministas estamos conscientes de que la violencia es producto y construcción deliberada de quienes ostentan el poder y se benefician de él. Y por ello estamos convencidas de que se puede transformar para vivir de otra manera. En el último siglo hemos probado que la igualdad no es imposible, y que la democracia pasa por nuestra participación en términos paritarios. Por ello seguimos exigiendo pública y abiertamente que el Estado, el nuevo Gobierno y todas las autoridades pongan en marcha las políticas de prevención para evitar la violencia contra las mujeres, y que tome medidas concretas, serias y efectivas para disminuir y castigar ese azote que ha hecho de nuestra sociedad un lugar donde vivir no es un derecho, sino una suerte.
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2 comentarios:
Chamalkan Kajiimox: (2007-11-26 09:52:40 horas)
Sino falaz al menos cándida e ingenuamente optimista su planteamiento: resolvamos la violencia contra las mujeres y resolvimos la violencia en general. ¿La violencia no es la forma de dominación donde priva la expoliación de mayorías? Sus colegas de izquierda han escrito y desarrollado "rollo" al respecto por años. Léalos.
MANN PELLECER: (2007-11-25 16:43:17 horas)
Por què las feministas no ayudan? de 2 mujeres 8 son hombres los asesinados. Esto no es de género. Todos unidos contra la violencia. Dejen de sacar fondos por separado.
mannpellecer@hotmail.com
2 comentarios: