Actualidad: NacionalesEl esfuerzo para no perder la batalla contra el SIDACerca de 74 mil personas han muerto a causa de este mal en Guatemala. Tres de cada cuatro muertos son varones. Por: Enrique Naveda
Son cuatro o cinco. No son adolescentes. Están saliendo de Casa Ariana, en la capital. Adentro todavía se desarrolla un taller. Gente Positiva les habla de su enfermedad, el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), les permite compartir experiencias y les entrega preservativos.
Pero ellos, casi treintañeros y bastante desaliñados, ya están afuera. Y ríen despreocupadamente: uno burlón acaba de exclamar: “Los condones. Son importantes los condones”, y otro le ha contestado aún más socarrón: “Ahí te ponés tres o cuatro”. Luego se abrazan, se dan palmadotas, se empujan y se pierden en direcciones distintas de la zona 10, seguidos por una estela de carcajadas. La escena adentro es la opuesta. Hay un recogimiento entre los asistentes, una especie de conciencia que impide declaraciones estridentes o irreflexivas. Están ahí para apoyarse, para convencerse los unos a los otros de que hay que continuar con el tratamiento, arduo, inclemente a veces. No para hacer bromas y trivializar la ominosa amenaza que se cierne sobre todos ellos. En la reunión la mayoría son hombres, porque ese mismo día una organización femenina ha convocado otra actividad. Los que permanecen dentro suenan cautelosos, suaves, como si en su cabeza flotara en cada momento que desde que se detectó en 1984 en Guatemala la enfermedad ha matado al menos a 1,074 personas y que tres de cada cuatro eran hombres. No es cierto que los jóvenes de la primera escena, quienes salen de Casa Ariana, sean un caso perdido. Es un buen síntoma que asistan a los talleres. Los expertos insisten en la adherencia, en que se sigan todas las normas. Pero no hay manera de controlar a un seropositivo ni de saber si cumple con el tratamiento y los consejos, salvo confiar en su palabra. Hasta que el síndrome se manifiesta con tanta violencia que no quedan dudas. Y entonces hay que cambiar el esquema antirretroviral y entregarse un poco a la suerte. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (sida) es la fase en que se manifiestan las consecuencias de la infección. El virus se aloja en unas células CD4, uno de los principales ejércitos del sistema inmunológico, y no solo las utilizan para multiplicarse, sino que después de hacerlo, las destruyen. De ese modo, sin las defensas habituales (entre 700 y 1200 CD4), el cuerpo no puede luchar contra ciertas enfermedades, que se aprovechan de la situación, y por eso se las llama “oportunistas”. Se considera que se entra en fase sida cuando la cifra de CD4 no llega a 200. El organizador del evento en Casa Ariana, Humberto López, recuerda el caso de un muchacho que se comportaba como un buen paciente y recibía los condones. Luego supieron que reunía los de varias entregas, buscaba una caja de cartón y los vendía. Antes de que muriera lo supieron. Centros y desabastecimiento Cuando se abandona el tratamiento y la vida sosegada, ya sea por cansancio, desaliento, negación de la enfermedad o falta de acceso a la medicina, disminuye la calidad y la esperanza de vida se vuelve muy limitada, explica López. Aún existe otra razón más para el abandono. “Hay quien se nos ha ido para que un líder religioso le ponga las manos en la cabeza y le diga: está curado”, relata López. Las consecuencias, fúnebres. En el país se cuentan varios centros que proporcionan las medicinas antirretrovirales, explica Jorge Arriola, educador de Gente Nueva: la Clínica Luis Ángel García, el Hospital San Juan de Dios, el departamento de infectología del Hospital Roosevelt, una clínica de Puerto Barrios y otra de Coatepeque, y también la Ica, de Quetzaltenango. El Instituto Guatemalteco de Seguridad Social facilita asimismo el tratamiento de la infección. El costo del “esquema de primera línea”, como se conoce a la primera combinación de medicamentos, asciende a US$300 anuales, según Arriola. Mientras que el más complejo, el “esquema de rescate”, cuesta diez veces más. El Ministerio de Salud destinaba Q10 millones en 2005 para la cura y prevención de esta enfermedad que en Guatemala afecta, se calcula, a 65 mil personas. Ese mismo año la cooperación internacional donó US$7 millones. Pese a todo, hubo desabastecimiento. En 2007 se duplicó el presupuesto. Para 2008, en que se piden Q93 millones, se han concedido poco más de Q40 millones. El próximo año ya no se contará con el apoyo, por ejemplo, de Médicos sin Fronteras, que ya terminó su proyecto. Un informe del Gobierno de la República afirma que la estrategia nacional debe centrarse en la prevención. En 2010, proyecta, 81mil 560 personas vivirán con VIH. ¿Cuánto se tarda en desarrollar el sida? El tiempo es variable. El 10 por ciento de personas infectadas no lo han desarrollado 20 años después de la infección. Un 20 por ciento lo hacen sida en cinco años. Y el resto lo desarrolla en 8 o 10 años. Es lo habitual si no se toma tratamiento. Pero también depende de factores genéticos y de si sucede una reinfección con nuevas cepas del virus. Los expertos afirman que el sida no es una fase terminal. Fuente: www.todosida.org “Si no puedes amar o ser amado, ¿qué sentido tiene estar aquí?” Evita, con cierta naturalidad, la palabra “muerte”. Es natural hacerlo a los 18 años. Cuando “una voz interior” le dice “no lo vas a lograr, vos no valés nada” y le pone triste, no se refiere tanto a sobrevivir cuanto a tener una pareja estable, hijos, una familia como la de todos. Eso es lo que piensa a veces: ¿cómo aspira a tener hijos? Carlos Monroy ha estado enamorado. Pero no ha tenido novia. A los 18 años, no es tan habitual. Él, dice, velaría por su bienestar. Quiere decir que usaría preservativo. Ni sus padres, con quienes vive, ni sus cuatro hermanos son portadores de VIH. Él nunca se pinchó con una aguja infectada. Nunca lo contagiaron con una transfusión de sangre. Pero Carlos vive con el virus. Ah, también es virgen. A los 12 o 13 años le explicaron que era seropositivo, por temor a que empezara a mantener relaciones sin protección. Fue el peor momento, el mundo se le caía. Se negaba a asimilarlo y pensaba, relata, que no podría amar o ser amado. Y “¿si no lo vas a lograr, que sentido tiene estar aquí?”. Para dejar de “estar aquí”, lo más sencillo es abandonar la terapia, abandonarse. Pero él nunca lo hizo. Sería como quitarse “el aire”. El aliento, el cariño de su familia fue trascendental. Es cierto que no ha sido un perfecto adherente, porque a veces se le olvidó tomar las pastillas. Pero era involuntario. Carlos acaba de graduarse como maestro y quiere estudiar en la universidad y poseer una empresa. Pero también quiere dirigir una ong de ayuda, no solo a las personas con vih, sino a todos los necesitados: “a los discriminados por su nivel económico, a los desempleados, a los desnutridos, a todos los que sufren”. De hecho, ya lidera varios grupos de terapia. No hay que quedarse sentado, piensa. La única forma de avanzar es cayendo y luego levantándose. Asegura que aunque no es bueno para hablar su ejemplo es valiosísimo y él comprende a los enfermos mejor que los médicos. Quizá esa sea su misión. A veces, dice Carlos, analiza y habla con Dios y le pregunta por qué le pasó a él y luego se dice que en el plan divino, alguna será su misión. “Pero yo era un niño, yo no lo busqué, yo no propicié que sucediera”, continúa. A Carlos lo violaron cuando tenía 9 años. Agregar comentario: |
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