Alberto Polanco Blanco, director general del Grupo Santillana en Centroamérica Norte, tuvo la gentileza de enviarme un libro, bellamente editado y encuadernado en pasta dura, cuyo título es Lecciones y maestros. En él se recopilan los discursos de Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y José Saramago, participantes, con otros escritores, en la I Cita Internacional de la Literatura Iberoamericana, celebrada en Santillana del Mar, España, los días 11, 12 y 13 de junio de 2007.
Fueron presentados por otros, cuyos discursos también se recogen aquí: Nélida Piñón hizo la presentación de Carlos Fuentes, Juan Luis Cebrián la de Juan Goytisolo y Laura Restrepo la de José Saramago. Así pues, se reúnen en el libro, aparte de los textos introductorios de Jesús de Polanco y Salvador Ordóñez Delgado, los discursos y los retratos de seis maestros, pues maestros son también los presentadores de los tres primeros.
Al ejemplar adjunta Alberto Polanco una carta muy atenta, en cuya conclusión abriga la esperanza de que disfrute de la lectura. Claro que he disfrutado. Es este unos de esos libros que se leen, como suele decirse, de un tirón. Pero, aparte de las ideas, con las que quizá no siempre se coincide o no se coincide del todo –es más: de esas ideas respecto de las cuales ni siquiera coinciden totalmente aquellos que se estiman y que han participado juntos en la misma jornada–, hay un hecho que se yergue y se impone sobre los demás: es el propio lenguaje, la palabra misma. La palabra selecta, pulida, sencilla, cálida, honda, bien dicha, capaz de atraer y de emocionar, de abrir puertas y de tender puentes, de armar entendimientos y desbaratar equívocos, de afincar cimientos y erigir torres. Cimientos y torres para que el mundo, a pesar de los zarandeos a los que se halla sometido, no se derrumbe todavía.
Es ya un recurso muy manido aquel del que nos valemos para comparar el mundo con la torre de Babel. No solo porque hay muchos idiomas –y son, según los expertos, muchos los que están desapareciendo–, sino porque, aun en el mismo idioma, también cada día resulta más difícil entenderse. Quizá sea la anarquía un sentimiento y una postura inherente al hombre. ¿A quién le gusta que le den órdenes, le indiquen normas, le fijen límites? Todo esto solo tiene sentido si previamente, o al menos de manera simultánea, se va desarrollando un sentido de disciplina en todos los que se mueven y se relacionan en el mismo espacio.
Pero llegan estos maestros y no hacen un discurso sobre cómo hablar: simplemente hablan. La palabra es en ellos un don luminoso, que contribuye a iluminar a todos los que los escuchan. Escuchemos, pues. Y aprendamos.
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