Opinión:
El presidente Hugo Chávez se había acostumbrado al éxito de las urnas: ganó al hilo once elecciones en nueve años. El domingo pasado perdió la primera vez por un punto, unos 200 mil votos. El corazón de la reforma constitucional que sometió a referéndum era su reelección sin límites, ampliando el período presidencial de seis a siete años. ¿Es este el principio del fin de Chávez y su revolución bolivariana? ¿Es el acotamiento de los riesgos que acarrea el poder concentrado por mucho tiempo en una sola persona, sobre lo cual Bolívar mismo advirtió a su generación hace dos siglos? No importa cómo se vea, el escenario se ha cargado de electricidad.
Tenemos Chávez por cinco años más, pero en el horizonte que se abre entrarán decididamente dos actores: el sucesor –que no existe– y la oposición, ahora triunfante. En esos actores se juega el destino de Venezuela. La sucesión implica madurar el régimen político, incluyendo el partido socialista que Chávez creó fundiendo las izquierdas. La oposición, que anduvo errática y dispersa en la última década, ahora se sabe con la mitad del electorado, y se le planta el desafío de las vías de acción: polariza (hasta el umbral de la guerra civil) u organiza y apuesta a la estabilidad negociando un modelo económico sin tanto corsé, a la vez que aporta a un modelo social que le baje incendios ideológicos a los programas en marcha, elevando su eficacia. Para esas fuerzas que compiten se trata de una exigencia propia de estadistas; conjugar principios y pragmatismo. Las revoluciones, hasta la caída del muro de Berlín, triunfaron en las calles por la fuerza de las masas y los fusiles, nutriéndose del descrédito del régimen. Y acabaron en túneles sangrientos (Guatemala, tras 1954) o implosiones mudas (Europa del este y central). Cuando fue reforma o refundación y se aseguró una vida prolongada a través del control sistémico, la democracia les dio alcance diluyéndolas en transiciones ordenadas (México, Taiwán). La democracia no es un seguro de vida para una revolución como se vio en Nicaragua (1990), y está por verse si ya puede ser “el seguro” para contener conspiraciones fachas (Chile 1973). Están Venezuela, Bolivia y Ecuador sometidas a la tirantez por el cambio del régimen político, los reclamos nacionalistas que erizan a transnacionales y oligarquías, y su reivindicación de los excluidos. Esas revoluciones nacionalistas han sido necesarias para equilibrar el poder; sin ellas los pueblos se sumen carentes de alternativa en la anomia y la violencia –que no busca cambiar el sistema sino medrar de sus falencias– como en Guatemala. El marco de la democracia impide que esas revoluciones demuelan el viejo orden, y les reclama un contrato social. De fracasar la política, la pradera se incendiará con furia. Agregar comentario: |
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