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Guatemala, martes 11 de diciembre de 2007

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laColumna:

Nuestro Premio Nobel

Imaginémonos a Miguel Ángel Asturias llegando a París en plenos años veinte, cuando dicha ciudad todavía no era un museo sino la urbe más viva del planeta.

Méndez Vides

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Imaginémonos a Miguel Ángel Asturias llegando a París en plenos años veinte, cuando dicha ciudad todavía no era un museo sino la urbe más viva del planeta. El genio quedó embrujado y la ciudad lo acogió como a uno de los suyos, le abrió las puertas de los bares y lo incluyó en las tertulias de la época. El muchacho provinciano pronto se codeó con los escritores más importantes del siglo XX.

Por aquella ciudad se paseaban Unamuno, Vallejo, André Bretón, Joyce, Picasso, Dalí, Gómez de la Serna y los gringos de la generación perdida. Y su mayor sorpresa fue descubrir el surrealismo, una corriente innovadora que en la Guatemala de entonces pasaría por territorio común, porque a nosotros lo irreal de los sueños nos hace los mandados. Inmediatamente Asturias comprendió que bastaba con reinventar Guatemala para destacar. El momento era justo y no lo dejó pasar; escribió historias que leía en voz alta ante la concurrencia latinoamericana en los cafés de París. Cada pasaje onírico era una nueva sorpresa, y así fueron surgiendo las Leyendas de Guatemala, El Señor Presidente y Hombres de Maíz, y en sus momentos más memoriosos El alhajadito, una novela breve cuyo primer manuscrito trajo consigo a Guatemala cuando tuvo que volver por cárcel a la patria, destino que aceptó sin dar pelea, a enterrarse como otro sobreviviente cualquiera hasta que el destino le reclamó asumir el destierro. Por lo que haya sido Asturias tuvo que volver a la ciudad natal, aunque diez años en París pesaban mucho. Imagínense al genio perdido en ocupaciones menores, haciendo periodismo sencillo, enseñando literatura, chupando en las cantinas, usando la túnica de cucurucho para Semana Santa, mordiéndose los labios cada noche, sintiéndose muerto en vida. Aquí no fue aclamado ni querido, se le excluyó de los círculos intelectuales donde otros declamaban poemas de Darío y Juan de Dios Peza en veladas de corbata y seda. Pero la patria por cárcel le hizo bien, aquí continuó la proeza solitaria y concluyó su obra. La fama que lo había ignorado se trucó en gloria tras la publicación por su cuenta de El Señor Presidente, novela con la que pudo por fin volar.

Su obra de París, probada en cafés y largas veladas bañadas en vino, estaba surgiendo 20 años más tarde. Con Hombres de maíz dejó atrás el surrealismo, y se convirtió en antecedente del realismo mágico.

El genio de Asturias no tiene comparación, se podría decir que nos inventó. Sus libros son extraordinarios. En 1967 se le concedió merecidamente el Premio Nobel de Literatura, con lo que nos llevó a los guatemaltecos al mundo. Cuarenta años han transcurrido desde entonces, y su obra está más fresca que nunca, difícil y complicada para quienes no lo entienden o no hacen el esfuerzo, pero rica y maravillosa para quienes abrevamos en sus fuentes de manera continua, maravillados por el genio que esconde en cada línea.

Asturias se merece todos los monumentos posibles, y los chapines aún le debemos la gloria que se le ha regateado siempre, porque su obra nos rebasa. El Premio Nobel se lo ganó y mereció como nadie, y por eso mis respetos.

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1 comentarios:

  1. Manuel Lopez: (2007-12-11 11:49:49 horas)
    Leer a Asturias es transportarse a este país contradictorio, hermoso, convulso, con esas pinceladas criollas en el fondo de color fuertemente maya. Muy bien merecido el premio nobel para sus obras que transcienden los años y las épocas y se vuelven clásicos.
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