Por la coyuntura, recordé la anécdota de mi amiga G, cuando alguien le aseguraba que aquí no hay buenos escritores.
Rosina Cazali
Por la coyuntura, recordé la anécdota de mi amiga G, cuando alguien le aseguraba que aquí no hay buenos escritores. G, tratando de no ser muy obvia, le preguntó: “¿Usted sabe que Guatemala tiene un Premio Nobel de Literatura?”. Desde su burrada, la licenciada guardó un silencio de aquellos, de sepulcro urgido de retórica, y respondió: “¡Pero solo uno!”.
La anécdota retrata esos dos polos entre los cuales se debate el nombre de Miguel Ángel Asturias.
Desde creer que un premio Nobel es un raspable que se compra en la gasolinera hasta la exigencia desmedida. Tal vez por eso los lectores comunes de Asturias no encontramos sosiego. Porque aquí, ser un lector común del Premio Nobel es o no conocerle nada o no tener voz para opinar sobre el tema. No obstante, yo me declaro como lectora cualquiera, que inició a través de las ficciones de Hombres de maíz que nunca entendí en el colegio y más adelante esquivándole por el peso de la lectura obligada o, en su plena ausencia, como vergüenza de carácter nacional.
En realidad, solo el tiempo y los amigos han curado mis lagunas. He tenido la suerte de contar con ellos, que lo han comprendido por mí. Cuento con sus repertorios y me enriquezco como parásito.
Por ejemplo, los relatos de M me han llevado a ver la trilogía bananera como una apuesta al postcolonialismo. Los feminismos de A y A se vuelcan en el recuento de las mujeres en Asturias, acechadas todas por la perversidad de Cara de Ángel. Pero lo que no tiene desperdicio son las palabras de K, cuando repite de manera cadenciosa “alumbre lumbre”. Según K, es esta una de las expresiones más citadas, reconocibles, repetidas y denostadas de la literatura de nuestros tiempos. A partir de mis contadas pero genuinas lecturas, he logrado aportar algo a la conversación. Digo que esta frase es el principio de ese universo que construyó el Nobel a punta de mestizajes, mitos, leyendas y surrealismos que definen en mucho lo que somos los guatemaltecos. Parezco tan inteligente cuando lo digo que K me perdona y reconoce la importancia del vox populi.
Finalmente, si algo he sacado en claro es que mi lectura de Asturias reniega de aquellas tasas de valor aplicadas a las cosas, a las personas y a la literatura como si fueran tallas. En este país nos enorgullece tener el aeropuerto más grande de Centroamérica y, para el caso, al escritor más grande también… Puro complejo de capitanía general. Sin embargo, tengo la cita pendiente y distinta con sus libros, sin las coordenadas del académico y la fama habitual. Por supuesto, no tener presentes sus expedientes es como amputarle un brazo. Lo que sucede es que me es imposible pensarlo, exclusivamente, como monumento soso sobre La Reforma. Así las cosas, cuando yo sea una persona seria, su lectura se me antoja desde un ángulo común o posmoderno, donde se junten el “postodo” y el “posnada”.
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