|
La Ley de Adopciones fue aprobada. Nunca sabremos con seguridad si fue gracias al cargo de conciencia de los diputados por aquel descarado y fracasado intento de indemnización o presionados por los medios de comunicación y los niños de Casa Alianza, que llegaron al Congreso a hacer lobby. El decreto 77-2007 tendrá sus errores, pero por el momento es un instrumento para controlar mejor los procesos de adopción, para intentar garantizarle al infante que antes de arrancarlo de su hogar se agotan las opciones para que permanezca en su cultura y ambiente natural, y sin que tenga que ver el dinero en el asunto. Si una palmera no se arranca de raíz para irla a sembrar a Alaska, los niños no pueden convertirse en el primer producto de exportación de Guatemala a Estados Unidos o Europa. Pero tampoco puede ser algo que se deje al tiempo. Un bebé abandonado o huérfano no puede pasar un año, dos o tres esperando que los burócratas hagan su trabajo y le busquen un hogar digno donde crecer. A esa edad, las heridas de la soledad son muy profundas y pueden convertirse fácilmente en balas perdidas. Los niños y niñas son vulnerables, inocentes, frágiles y terriblemente sensibles. No puedo pensar la tristeza que siente un chiquito en un hospicio, olvidado por sus padres, su familia y la sociedad entera. O una niña que duerme en la calle, bajo una banqueta. Así que ojalá no exista una lista de cosas imposibles para las adopciones legales, pues los bebés crecen muy rápido cuando no tienen una familia o una madre que los vea crecer. Y la adopción sigue siendo un acto de amor que no conoce límites. Si los trabajadores del estado y civiles se unen para que un contenedor con calamares no pase cinco meses en la aduana sin poder salir, a un bebé, un niño o una niña, debe resolvérsele de inmediato su estadía en este mundo. La sociedad en conjunto debe velar y luchar por eso. |
4 comentarios: