Muhammad Yunus, premio Nobel de la Paz, da la apariencia de ser un hombre noble y sencillo. Su voz es suave y pausada cuando cuenta la historia de cómo convenció a los banqueros de Bangladesh para que abrieran las puertas del mundo financiero a la gente pobre. Una tarea bastante difícil, porque entonces su idea parecía imposible o, peor aún, una broma de mal gusto.
El profesor Yunus daba clases de Economía cuando de pronto sintió la profunda contradicción de enseñar a sus alumnos “elegantes teorías” económicas en la clase de una universidad rodeada de “hambre y pobreza”. El experimento que el catedrático emprendió fue el siguiente: hizo una lista de las personas que debían dinero a prestamistas en la aldea vecina a la ciudad donde se ubicaba el campus. El resultado fue el nombre de 42 “víctimas” que debían un total de US$27. En la conferencia que dictó el lunes pasado en la Universidad Francisco Marroquín, contó que la cantidad adeudada lo había shockeado. Los US$27 los pagó él de su propia bolsa, y se dio cuenta de que lo que había hecho era “liberar” a esas personas de la esclavitud de las deudas.
Entonces pensó que si había hecho a 42 personas felices con solo US$27, ¿por qué no repetirlo con más personas y más dinero? El resto del relato es más o menos conocido: visitó bancos para convencerlos de que con poco dinero a la gente pobre se le abría un mundo de esperanza; los banqueros escucharon atónitos la propuesta, durante meses le explicaron que su fórmula de negocios no era posible: los pobres no eran solventes, no eran sujetos de crédito, no eran confiables; aunque los bancos finalmente cedieron cuando el mismo Profesor Yunus se ofreció como garante de los préstamos.
Y el resultado lo sorprendió: los pobres pagaron, sin retrasos. Los problemas en el resto de bancos persistían porque no era fácil expandir los programas bajo la cartera de créditos para los pobres. Es que no seducían exitosamente a los empresarios que formulaban negocios con una matemática distinta. El profesor Yunus para entonces estaba listo para fundar un banco dedicado exclusivamente a estos objetivos, y así nación Grameen Bank, o Banco Rural, cuyo modelo se ha replicado en más de cien países: Banrural nació bajo el mismo concepto.
Los réditos de esas instituciones se presentan en dinámicas distintas: miles de préstamos para construcción de viviendas, miles de créditos para campesinos que emprenden micronegocios. Las ganancias llegan, claro está, al lado de historias de pobreza, pobreza extrema, que poco a poquito se transforman en historias de prosperidad.
Uno escucha al profesor Yunus y se contagia de sus convicciones fácilmente, porque transmite sus ideales con sencillez y humildad. Hubo varias líneas de su presentación que a mí me conmovieron particularmente, se refería al momento en que emprendió los programas de crédito para mujeres. Me conmovió especialmente cuando explicó que no solo el sistema no creía en ellas, sino ellas mismas se negaban a creer que podían cerrar negocios con un banco. Quiero parafrasear al profesor Yunus cuando habló de esta desconfianza: no era la voz de ellas, sino la voz de una historia de injusticias y marginación.
La frase se aplica no solo a esas mujeres. Es tan amplia: se aplica a personas que vemos día a día viviendo en pobreza. Y todo lo que necesitan para cambiar su vida, según el Profesor Yunus, es que alguien abra esa puerta que en algún momento se les cerró de un tirón en la cara. No habla de populismo barato o cínico. El profesor Yunus incluso aboga por el libre mercado: libertad para los jugadores, porque las reglas –las mismas reglas que se convierten en camisas de fuerza para la libertad de mercado– cortaban de tajo su propuesta de abrir carteras de crédito para los pobres.
El profesor Yunus, en mi criterio, habla más bien de justicia. No de la justicia que se aplica en los juzgados, en la cortes o en los tribunales. Es la justicia de abrir los ojos, ser sensibles ante la desventura de nuestro prójimo. No es dinero lo que necesitan, es una oportunidad.
Agregar comentario:
3 comentarios: