“Tomamos posesión del mundo mediante el lenguaje”.
Arturo Monterroso
Un libro es siempre un buen regalo. Para empezar, es un signo de aprecio a la inteligencia de la persona a quien se da; sobre todo si se busca con verdadero cuidado, sorteando el peligro de los best seller, los recetarios para la felicidad y aquellos que privilegian el utilitarismo sobre cualquier otra consideración. Regalar un libro es dar a otro la oportunidad de pensar, de emprender el camino hacia un destino desconocido, muchas veces sorprendente, y de poner en marcha esos engranajes de palabras, que hay en toda página escrita con talento, para descubrir su secreta armazón, la clave de sus significados. Porque, como dicen Marina y De La Válgona en La magia de escribir: “Tomamos posesión del mundo mediante el lenguaje”.
Escoger un libro para dar a alguien que estimamos exige cierta perspicacia y conocimiento de la persona, sobre todo si se trata de jóvenes apabullados por la tecnología. Hay qué pensar en sus intereses. También en la velocidad del tiempo que viven, donde todo parece urgente. Pero el libro no compite con la televisión, con los aparatos reproductores de música comprimida ni con los juegos en línea; es una herramienta indispensable para desarrollar el pensamiento crítico, que puede convivir amablemente con cualquier invento para la comunicación y el entretenimiento. Es parte de la vida del siglo XXI, tanto como el celular con cámara, video e Internet. Y un joven puede jugar World of Warcraft o Bioschock al tiempo de leer Juventud, de J. M. Coetzee, o quedar fascinado por las ilustraciones de Rébecca Dautremer.
Hay magníficos libros de reportajes, trabajos de periodistas acuciosos y relatos de gente que viaja anotando todo cuanto ve con ojos de asombro. Las biografías pueden resultar fascinantes, tanto como los libros de historia, o la poesía, ese antiguo arte de conmovernos con las palabras, que continúa renovándose como una necesidad de expresión ineludible. A veces un libro de cuentos puede llevarlo a uno muy lejos, y despertar ese pájaro dormido que es la imaginación, tan escasa en nuestros días. Una novela es una buena opción porque regularmente se aprende más de la vida en una historia de ficción que en la historia misma. Pero hay que recordar que la literatura no tiene un objetivo didáctico inmanente, y que su propósito primordial es entretener. “Leer es, sin duda –dice Italo Calvino–, una necesidad placentera”. Abrir un libro es, en efecto, entregarse al placer. Porque leer es como hacer el amor, requiere de la participación de dos personas. “Un gran libro –dice también Calvino– no es más valioso porque nos enseñe a conocer a determinado individuo, sino porque nos presenta un nuevo modo de comprender la vida humana…”.
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