Mi padre fundó en 1946 el radiodiario matutito ‘Atalaya’. Se llamaba Alfredo Aragón Castellán, además tuvo la honra de aparecer entre los que firmaron el acta de fundación de la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG), con periodistas como Clemente Marroquín Rojas, David Vela, Fernando Molina Nannini, Humberto Madariaga, Francisco Montenegro Sierra, Ramón Blanco, Óscar González Recinos, Álvaro Contreras Vélez, etcétera.
Esto se relaciona con el mural de Rivera, con el resobado cuento de la intervención de la United Fruit Co., el Departamento de Estado con John Foster Dulles y John Peurifoy en la Embajada de Estados Unidos, quienes, según los dueños de la ideología de la época, mandaron a Carlos Castillo Armas con su ejército de liberación, con la bendición del arzobispo Mariano Rossell Arellano, para que derrocara al Gobierno democrático del soldado del pueblo, Jacobo Árbenz.
En ese régimen, mi padre (1915-2004) fue objeto de persecución por no simpatizar con la ideología del marxismo que Stalin, aunque murió en 1953, nos quería imponer. Su radiodiario, al igual que los medios que dirigían los periodistas antes nombrados, fueron sometidos a la rigurosa censura de una arbitraria casuística ley mordaza, a través de la represiva Policía Civil, dirigida por el coronel Rogelio Cruz Wer y la Policía Judicial por el también coronel Jaime Rosenberg. El que no se alineaba al orden establecido, era declarado enemigo del régimen, además de señalarlo de reaccionario.
Muchos, por la misma causa, padecieron de las torturas en las mazmorras del Palacio de la Policía, y después eran asesinados por fusilamiento. A mi padre, además de escaparse a ese fusilamiento, porque Dios lo libró milagrosamente, sufrió amenazas escritas, persecución y más de alguna vapuleada. También escapó del susodicho fusilamiento. Algún periodista, irónicamente, lo amenazó de que los postes del alumbrado eléctrico no alcanzarían para colgar a los reaccionarios.
Valdría la pena ver los archivos de la Hemeroteca Nacional para confirmar que mucho de lo que ocurrió entonces, no fue más que la natural reacción, el resentimiento al fracaso de un régimen que jamás supo que la libertad y la democracia son derechos fundamentales de la humanidad y que deben respetarse.
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