Es sorprendente que Álvaro Colom y su equipo técnico de infraestructura y de sector económico todavía piensen en el concepto de concesiones para otorgar permisos de inversión privada, nacional o extranjera, en la realización de proyectos de infraestructura física.
Me da la impresión que todavía están en los años cincuenta del siglo pasado, cuando se creía que era función natural de los gobiernos construir y manejar carreteras, hospitales, escuelas, puertos, aeropuertos, etcétera.
En el mundo actual, casi todos los países desarrollados y en desarrollo, están optando por promover y autorizar a los sectores privados, nacionales y extranjeros, para que inviertan en infraestructura física para el desarrollo.
Eso no es concesión, eso es una autorización de acuerdo con las leyes de cada país, para que un grupo nacional o extranjero –o mixto– realice de acuerdo con los reglamentos y leyes vigentes del país, una infraestructura y la opere como un negocio normal.
Los aeropuertos más importantes del mundo son privados; se construyeron por parte de empresas privadas, contratando sus diseños y las construcciones con capitales eminentemente privados y luego se operan como un negocio, compitiendo con otros a base de dar un servicio eficiente, cómodo y principalmente seguro.
Si Guatemala quiere competir, por lo menos en iguales condiciones con otros países del área como Panamá, Costa Rica y Nicaragua, deben dejar de pensar en concesiones y facilitar y promover las inversiones privadas en infraestructura, sin tener el lastre mental del concepto de concesión.
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