Francisco Pérez de Antón es un autor ilustrado que escribe como
respira, y brinda confianza a los lectores porque en sus libros no
existe el desperdicio, siempre nos atrapa e interesa.
Méndez Vides
Francisco Pérez de Antón es un autor ilustrado que escribe como respira, y brinda confianza a los lectores porque en sus libros no existe el desperdicio, siempre nos atrapa e interesa. Con anterioridad nos ha mostrado el mundo desde su visión particular, abundado en ideas congruentes con su forma de vivir, y nos ha entretenido comentando las peculiaridades del idioma que hablamos, el mismo que usó el Quijote al recorrer la Mancha, y con sus sabrosas novelas, salpicadas de ideas e interpretación de los efectos de la Conquista española y la Evangelización. Y ahora, dando una pirueta, nos entrega de regalo prenavideño el libro Hombre adentro, que es una inmersión en sí mismo. Un libro apetitoso que combina la crónica, los consejos sobre la vida y las reflexiones de madurez con un autorretrato memorioso del Francisco cotidiano, cargado de recuerdos y buena actitud ante el destino. El autor abre algunas de las gavetas de su intimidad y se nos muestra signado por su nacimiento en un pequeño poblado rural de Asturias, Soto de Caso, donde se celebra en enero a San Antón, y donde el verde de los árboles y lo impenetrable de la montaña dan lugar a la desidia. En dicho fin del mundo aprendió a leer en los tiempos de Franco, enseñado por el tío que le reveló el secreto de las palabras y cultivó su gusto por las bibliotecas y los libros. También nos revela que tiene un hermano gemelo, así como perdió a otros dos sorbidos por la tierra dura. En una ocasión reconoció a un policía de tránsito como a su doble, lo presenció poniendo multas, pero no estaba en las antípodas y no hubo explosión alguna que los desapareciera, lo que le dejó un extraño sabor en el paladar. El problema de por qué unos sobreviven y otros perecen salta sin respuesta.
Pérez de Antón se retrata a sí mismo como un sujeto feliz a quien le gusta escuchar y cantar rancheras, así como se emociona con el couplé de La Violetera, interpretado (me imagino) por Sarita Montiel. El libro reúne diversidad de pequeñas notas sobre temas variados, donde se va dibujando humano, próximo, convertido en chapín a costa de años y familia, porque vino a esta tierra como lo hicieron muchísimos españoles en los pasados 500 años, y encontró aquí, igual que tantos otros, su lugar. Está tan pleno al realizar el recuento, que escribe una dedicatoria amorosa a la mujer guatemalteca que lo ganó y completó, pero no conforme con la línea tímida que le corresponde a su pudor, hace suyas las bellas palabras que otros poetas dedicaron a sus amadas, como el célebre verso de Luis Cernuda a su enamorado, o el de Garcilaso de la Vega, cuyo último terceto arranca con Cuanto tengo confieso yo deberos, y la bautiza como su Cadijea, en honor a la primera esposa de Mahoma, la más querida porque creyó en él cuando aún no era profeta. Un libro íntimo, que a cada vuelta de página inspira y conmueve.
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