Un recurso obligado que nos pone tristes o felices.
Méndez Vides
El día de hoy me desperté cansado en uno de los tantos hoteles donde reposo gran parte del año, desayunando fruta en un país, un día, y gallo pinto en otro, al día siguiente. La botella de vino de la cena pasada aún seguía viva en mi paladar. Me estiré, traté de ubicarme en la penumbra y pensé en los míos, entusiasmado porque el trabajo del año, el de la sobrevivencia, había terminado por este año y en unas cuantas horas estaré de vuelta en la patria. Guardé en el equipaje los libros recibidos, unos firmados y otros comprados, e hice una pausa para pensar en el hogar, en el aroma del pino adornado que me espera en casa, en el sabor del ponche, en el tamal de la Nochebuena, en los cordones de manzanilla rodeando el Nacimiento levantado sobre un inmenso manto de musgo en una pieza comprada en el mercado de la Antigua hace un par de semanas, todavía con tierra y raíces, arrancado de alguna vertiente junto a un río, lo que sulfurará a más de un ecologista. Los pastores caminan hacia Belén. Las figuras de barro tienen vida, una ciudad dentro de otra, y siento el olor del incienso y escucho la música de la temporada, y aunque todo sea tan movido por el comercio y las ventas y la angustia consumista, siempre queda ese espacio para sentirse seguros, como en una cueva una noche de lluvia, o en un granero, y pienso en lo mucho que deseo estar ya de vuelta, en familia, obligado por las fiestas a suspender el ritmo vertiginoso del oficio, del trabajo, de las obligaciones con el mundo. La Navidad y los festejos para despedir el Año Viejo y recibir el nuevo, divididos por los hombres para medir de alguna manera el tiempo que nos queda, son la pausa obligada que nos detiene, que nos devuelve al hogar, que nos provoca la nostalgia por la infancia, cuando era un niño aislado y pensativo que buscaba los sitios más recónditos para explotar un paquete de cuetes o un mortero, haciendo saltar una piedra, espantar lagartijas, despenicar un nido de arañas.
La Navidad es un recurso obligado que nos une, que nos pone tristes o felices, que reclama abrazos y reunión, que implica estrenos y fiestas, que nos pone sentimentales. No importa el credo ni lo que se piense de la vida, en estos días hay gente que se siente más sola que nunca y otros que agradecen la compañía. Y no importando la violencia que nos rodea, ni los crímenes o robos que se agudizan en diciembre, porque los cacos también quieren resolver su necesidad de regalos, es en estas fechas cuando uno entiende por qué motivo no nos vamos de Guatemala, aunque pudiéramos, porque aquí pertenecemos. Y es en estas fechas cuando los chapines que se fueron a la fuerza, a trabajar a otros países para mantener a los suyos, la pasan peor. Anhelando la vida perdida. Si estamos juntos, bien o mal, todos sentimos una gran dicha, aunque se extrañe a los que faltan, a los que están lejos o se han ido. La Nochebuena tiene esa fuerza de ser alegre y triste al mismo tiempo. Mi deseo es que cada quien descubra la dicha, y en esta pausa se sienta más unido que nunca a los suyos.
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